Cada palabra de la oración es importante

 

Si pudiéramos mantenernos totalmente concentrados al orar, el fruto de nuestras plegarias sería inmenso. Pero, ya que nuestra mente suele dispersarse, después de orar seguimos siendo los mismos de antes.

Con tu boca puedes recitar salmos, acatistos y cánones, y también esa breve oración que he mencionado en otras ocasiones. No obstante, suele suceder que, mientras repetimos nuestras oraciones con la boca, nuestra mente deambula de aquí para allá. Por eso es que tenemos que esforzarnos en concentrarnos. Si no lo logramos a la primera, podemos empezar de nuevo, pidiéndole perdón a Dios por la distracción de nuestra mente. Pidámosle a Dios que nos ayude a concentrar nuestra mente, para poder orar como es debido, ya sea recitando los Salmos, la Paráclesis a la Madre del Señor o el Canon a nuestro ángel guardián.

Si pudiéramos mantenernos totalmente concentrados al orar, el fruto de nuestras plegarias sería inmenso. Pero, ya que nuestra mente suele dispersarse, después de orar seguimos siendo los mismos de antes. Por eso, si no logramos estar atentos, lo más recomendable es empezar nuevamente con la oración. Una vez, dos, tres, cuatro… porque la oración que hacemos sin estar atentos es simplemente nula. No recibe ninguna respuesta por parte de Dios, ya que brota solamente de nuestros labios, pero “estando lejos de Mí con el corazón”, como dice el Señor.

Entonces, es imperativo concentrarnos al orar, ya sea que lo hagamos en voz alta o con nuestros pensamientos. No olvidemos que las palabras de la oración están conformadas de una manera tal que pueda guiarnos hacia nosotros mismos, hacia ese centro donde Dios mora en nuestro interior. El Señor nos dice: “el Reino de Dios está en vosotros”. Y el Santo Apóstol Pablo nos dice: “Vosotros sois templos del Espíritu Santo”.

(Traducido de: Ne vorbește Părintele Sofian Boghiu, Editura Vânători, Mănăstirea Sihăstria, 2004, p. 70)