Palabras de espiritualidad

¡Cerremos nuestra boca y nuestros oídos a toda palabra vacía!

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

No son pocos los que, al volver de la iglesia, después de haber escuchado la palabra de Dios o incluso después de haber comulgado con Su Cuerpo y Su Sangre, arrojan palabras vulgares y venenosas sobre sus semejantes.

Muchos de nosotros nos creemos piadosos, pero no somos capaces de controlar nuestra propia lengua. No son pocos los que, al volver de la iglesia, después de haber escuchado la palabra de Dios o incluso después de haber comulgado con Su Cuerpo y Su Sangre, arrojan palabras vulgares y venenosas sobre sus semejantes. ¡Cuántos de nosotros no logramos someter nuestra lengua, hablando sin parar día y noche! Y, desde luego, muchas de esas cosas que decimos son banales, inútiles, maliciosas… Pero el Señor Mismo nos lo advirtió: Os digo que de toda palabra ociosa que digan los hombres darán cuenta el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12, 36-37). Hablar en vano es algo muy dañino para el alma. Nosotros mismos nos causamos heridas graves y profundas, no solamente cuando pronunciamos palabras vulgares y vacías, sino también cuando nos detenemos a escuchar a otros decirlas. A muchos les gusta escuchar chismes e injurias contra sus semejantes, y son igual de culpables ante Dios como quienes dicen esas cosas.

(Traducido de: Sfîntul Luca al Crimeei, Predici, Editura Sophia, București, 2004, p. 83)