Palabras de espiritualidad

Cómo debe ser nuestra oración

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Lléname de Ti, Tú que eres el Agua que da la Vida. Entonces la hierba brotará suavemente en la arena y blancas ovejas pastarán en ella. ¡Ven a mi alma sedienta!

¿Para qué orar?”, me preguntan algunos, “si Dios no escucha nuestras oraciones”.

Y yo les respondo:

—Su oración no es oración, sino una negociación perversa. Ustedes no oran a Dios para recibirlo a Él en sus almas, sino que oran al maligno. Por eso, la sabiduría del cielo no acoge las oraciones que brotan de sus labios.

¿Para qué orar?”, murmuran algunas personas cerca de mí, “si Dios ya sabe de antemano lo que necesitamos”.

Y yo les respondo con tristeza:

—Eso es cierto. Dios sabe que ustedes no necesitan nada fuera de Él Mismo. Él espera a la puerta de tu alma para entrar. Por medio de la oración, las puertas se abren para que el Rey de la gloria pueda entrar. ¿Acaso no se dicen unos a otros, cuando llegan a la puerta de su casa: “Pasen, por favor”?

Dios no busca gloria para Sí mismo, sino para ustedes. Todos los mundos del universo no pueden añadir nada a Su gloria, y mucho menos ustedes. Su oración es una glorificación para ustedes mismos, no para Dios. La plenitud y la misericordia están en Él. Todas las buenas palabras que ustedes dirigen a Él en la oración regresan a ustedes multiplicadas.

Oh Rey y Dios mío, oh glorioso, solamente ante Ti me inclino y oro. Ven a mi ser como un torrente impetuoso sobre la arena sedienta. Lléname de Ti, Tú que eres el Agua que da la Vida. 
Entonces la hierba brotará suavemente en la arena y blancas ovejas pastarán en ella. Ven a mi alma sedienta, Vida mía y Salvación mía.

(Traducido de: Episcopul Nicolae Velimirovici, Răspunsuri la întrebări ale lumii de astăzi, vol. 2, Editura Sophia, Bucureşti, 2003,  pp. 44-45)

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