¿Cómo entender la acción de la Gracia?
La Gracia que hace despertar al hombre jamás abandona a nadie; lo único que hace falta es que la persona no se obstine en resistirse.
Les contaré la visión que tuvo un anciano monje.
Vio una llanura inmensa. Por ella caminaba una multitud de personas de toda clase. Avanzaban entre el fango, algunos hundidos hasta las rodillas y otros aún más, pero todos creían que caminaban entre flores. Todos estaban harapientos, sucios y maltrechos, pero se veían a sí mismos hermosos y bien vestidos. Ninguno tenía paz; todos vivían inquietos y turbados, ya fuera que estuvieran en buena armonía o en disputas unos con otros.
Hacia el oriente se extendía un prado algo más elevado, cubierto de hierba y flores, pero a ellos les parecía seco, arenoso y pedregoso. Más allá del prado se levantaba una montaña, cuyos picos se elevaban en distintas direcciones, cada vez más altos. Detrás de la montaña brillaba una luz deslumbrante, de una hermosura incomparable, que quitaba de los ojos de los ciegos el velo que les impedía ver.
Los rayos de aquella luz caían de lleno sobre la ruidosa multitud que vagaba por el campo cubierto de barro. Hacia la cabeza de cada persona se dirigía un rayo. ¿Y qué hacían ellos? Ni siquiera se les ocurría volver la mirada hacia la luz que resplandecía detrás de la montaña.
En cuanto a los rayos, unos ni siquiera percibían su contacto. Otros, al sentir aquel impacto que los sacudía, simplemente se frotaban la cabeza, sin levantarla, y seguían haciendo lo mismo de siempre. Otros levantaban la cabeza y dirigían la mirada hacia atrás, pero enseguida volvían a cerrar los ojos y regresaban a lo de antes.
Algunos, fijando la vista en la dirección del rayo, permanecían largo tiempo contemplando la luz con atención y admirando su hermosura. Sin embargo, todos se quedaban inmóviles y, finalmente, ya fuera por cansancio o porque nadie los animaba, volvían a emprender el mismo camino por el que habían venido.
Muy pocos eran los que, conmovidos por el rayo y obedeciendo a la dirección que este les señalaba, lo dejaban todo, encaminaban sus pasos hacia el prado florido y seguían avanzando cada vez más, primero hacia la montaña y luego por la montaña, hasta llegar a la luz que resplandecía detrás de ella.
El significado de esta visión se comprende por sí mismo...
Como podemos ver, la Gracia que hace despertar al hombre jamás abandona a nadie; lo único que hace falta es que la persona no se obstine en resistirse.
(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Învățături și scrisori despre viața creștină, Editura Sophia, București, 2012, p. 114)
