Consejos y guías para la vida espiritual del monje
Para ver al otro como un ángel, primero debes convertirte tú mismo en un ángel.
Dios concede al principio el fervor. Llegamos al monasterio y, después, Él retira un poco ese fervor para que luchemos con humildad.
¡Cuánta lucha y cuánto esfuerzo hace falta para que el alma se desprenda del mundo! Y, aun así, después siente nostalgia por él. Aunque el monje no piense en volver al mundo, sigue pensando en el mundo. Entonces su mente es como un avión que nunca aterriza. El demonio ha logrado su propósito: el monje desperdicia su vida en el monasterio, mientras su mente permanece en el mundo.
El monje nunca debe justificarse a sí mismo ni dar cabida a los malos pensamientos. Así se purifica el corazón y el hombre llega a ver con claridad.
Para que el hombre viejo muera, hay que darle muerte. El hombre viejo debe abrazar la humildad y dar muerte a su egoísmo, a su orgullo, a su envidia, a su terquedad y a su propia voluntad. Cuando la persona acepta anular su voluntad, se tala el árbol del hombre viejo. Con la renuncia a la propia voluntad llega la humildad.
Si amas más a un hermano que a otro, tu amor no es un amor que proviene de Dios.
El monje debe recibir con sencillez y humildad todas las observaciones, y dejar que todos los hermanos del monasterio se conviertan en los artífices de su hombre nuevo. Debe mantener su mente continuamente en Cristo.
Quien solo piensa en sí mismo, no deja que Cristo piense en él.
La compunción del corazón es la transformación espiritual interior que acontece a la hora de orar. Es necesario que la persona viva la presencia de Dios. Entonces queda inundada de gratitud, porque ve todas las cosas como una bendición de Dios.
Para ver al otro como un ángel, primero debes convertirte tú mismo en un ángel.
Cuando alguien se equivoca y acepta la corrección, recibe provecho y se enmienda. Pero cuando se justifica a sí mismo, se pierde.
Traducido de: Din tradiția ascetică și isihastă a Sfântului Munte, 2011
