“Creo en Dios, pero no siento la necesidad de orar”

 

La fe es una fuerza espiritual. Una fe débil no puede mover la mente a pensar en Dios, ni a hacer que el corazón sienta la necesidad de orar. 

«Esmérate en fortalecer tu fe. Con el tiempo sentirás la necesidad de orar. Tu fe no es lo suficientemente fuerte, por eso aún no te impulsa a orar.

Una vez vi cómo una rueda de molino intentaba moverse con un débil flujo de agua. Y no lo conseguía. Cuando creció el caudal, la rueda empezó a moverse con brío.

La fe es una fuerza espiritual. Una fe débil no puede mover la mente a pensar en Dios, ni a hacer que el corazón sienta la necesidad de orar. Al contrario, una fe fuerte pone en movimiento la mente y el corazón, y también el alma entera del hombre. Mientras más grande sea la fe del hombre, más se moverá su alma hacia Dios.

Dices que leíste aquellas palabras del Señor: “Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros se lo pidáis” y, después de meditarlo mucho, concluiste que la oración no sirve para nada. Ciertamente, Dios sabe todo lo que necesitamos, pero, aún así, espera que se lo pidamos.

Esto es muy fácil de explicárselo a alguien que está casado. Los padres conocen bien lo que necesitan sus hijos, pero esperan que estos se lo pidan, porque saben que esos ruegos emblandecen y ennoblecen los corazones de los niños, haciéndolos más sumisos, mansos, obedientes, compasivos y generosos. ¿Ves cuántas “chispas” celestiales se encienden con la oración en el corazón del hombre?

En alguna parte leí que, en cierta ocasión, un forastero se detuvo frente a una casa al lado del camino. Adentro, un grupo de campesinos estaban reunidos. En un momento dado, una paz profunda reinó en la estancia. De rodillas, los sencillos trabajadores empezaban a elevar sus plegarias a Dios. Sin embargo, uno de ellos se levantó apuradamente y salió de la casa. Afuera, empezó a deambular de un lado a otro. Lleno de curiosidad, el forastero le preguntó qué estaba pasando adentro.

—¡Eh! Están orando... Pero a mí me da vergüenza, por eso mejor me salí de la casa.

El viajero se quedó callado, con ademán de esperar a que saliera alguien más.

—¿A quién esperas? —le preguntó el campesino.

—Espero que salga alguien más, para que me explique cuál es el mejor camino para llegar a mi destino —respondió el forastero.

—¿Y por qué no me preguntas a mí? ¡Yo te puedo guiar perfectamente!

El viajero negó con la cabeza, y respondió:

—¿Cómo podría guiarme alguien que se avergüenza de Dios y de sus hermanos?

Yo creo que a ti no te da vergüenza orar, sino que te ruborizas por tu falta de fe. Así pues, hijo, cuida al niño que hay en ti. Cuando este crezca y sea un valiente, te recompensará todo tu esfuerzo. Esa fe valerosa pondrá en movimiento la rueda interior de tu ser, y obtendrás una nueva vida. ¡Que la paz y la bendición de Dios sean contigo!».

(Traducido de: Episcopul Nicolae VelimiroviciRăspunsuri la întrebări ale lumii de astăzi, Editura Sophia, București, 2002,  pp. 7-8)