Palabras de espiritualidad

Cuando Dios habita en nuestra alma...

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Cuando esto sucede en nosotros, Dios no permanece como un espectador exterior de estos cambios, sino que Él mismo desciende a nosotros y se une a nuestra alma. Y donde está Dios, allí está la felicidad.

Cada uno de nosotros es un pequeño reino. El rey somos nosotros mismos: nuestra conciencia y la actividad libre que desarrollamos. Los súbditos son las fuerzas de nuestro ser: las fuerzas del cuerpo, del alma y del espíritu. El altar de Dios está en nosotros, en el corazón.

Cuando nuestro rey —la conciencia y la libertad— da la espalda a Dios y se postra ante sí mismo y ante lo creado, todo nuestro ser se llena de pasiones y de inclinaciones a cuál más retorcida, como si fueran ídolos; toda la fuerza del alma y del cuerpo se convierte en templo de algún ídolo… y Dios queda en el olvido.

Entonces, bien se puede decir que con nuestro cuerpo servimos, por ejemplo, al amor al placer, a la pereza, a la lujuria, al sueño, a las palabras vulgares, a la gula, a los espectáculos y demás, del mismo modo que los paganos servían a Venus, Baco y otros.

Con el alma servimos a la vanagloria, al deseo de agradar a los demás, a la envidia, a la ira, al odio, al deseo de ser elogiados y a tantas otras cosas con las que se forma y se enraíza en nosotros el ídolo del egoísmo. Es decir, entonces somos idólatras en todos los sentidos y servimos con todas nuestras fuerzas a dioses extraños.

Y así es como caemos en el olvido de Dios, en el alejamiento de Dios, en la enemistad contra Dios.

Pero cuando, finalmente, nos alcanza la misericordia de Dios y Él nos envía el espíritu de Su temor y de la piedad, entonces nuestro rey —la conciencia y la libertad— despierta, comienza a purificar con celo su reino de todos los ídolos, expulsa las pasiones de todas sus potencias y, en su lugar, imprime las virtudes correspondientes, para agradar con ellas a Dios, con la decisión de servirle de ahora en adelante solo a Él, incluso al precio de la vida.

Entonces, en nuestro altar ya no reinará el egoísmo, sino la renuncia a sí mismo y la entrega a Dios; y en el alma y en el cuerpo, en lugar de las pasiones, reinarán los santos frutos espirituales: la humildad, la mansedumbre, la templanza, la pureza, el amor, la paz, la paciencia, la diligencia y los demás; y todo esto, por Dios, para agradarle, con el sentimiento de plena dependencia de Él y del deber de la conciencia, lo orientamos según Su voluntad y para Su gloria.

Porque cuando esto sucede en nosotros, Dios no permanece como un espectador exterior de estos cambios, sino que Él mismo desciende a nosotros y se une a nuestra alma. Y donde está Dios, allí está la felicidad.

(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Știința rugăciunii, Editura Sophia, p. 121-123)