Cuando el alma encuentra finalmente su paz en Cristo...
Entonces el ser humano siente una sed y un hambre inagotables de un mundo mejor, y su corazón no encuentra descanso hasta reposar en Cristo, el Señor.
Como los primeros seres humanos, también nosotros, en el microcosmos de nuestro mundo interior, cometemos el mismo pecado. El mismo fruto prohibido se presenta ante nosotros como una tentación; la misma serpiente nos engaña, y nosotros quebrantamos el mismo mandamiento. Pero, inmediatamente después del juicio de Dios, la conciencia comienza a atormentarnos. El cielo de nuestro corazón se oscurece. Espesas nubes cubren el resplandor del Sol de Justicia. Nuestra alma empieza a agitarse; en ella retumban truenos y destellan relámpagos. Como fieras salvajes, se enardecen las pasiones y los deseos desordenados, despedazando todo lo que hay bueno y santo en nosotros. Caemos en la desesperación y hasta llegamos a querer poner fin a nuestra vida.
Pero la voz interior de Dios y la de nuestro ángel de la guarda nos llaman a volver, a caer de rodillas, a suspirar y a llorar, implorando la misericordia de Dios. Entonces, nuestro amadísimo Mediador lleva nuestras oraciones al Padre y, con Su Sangre, recibimos el perdón. Y no solo eso: nuestra propia suerte comienza a transformarse. Mediante la oración recogemos los rayos del Sol Invisible y encendemos el fuego que Jesús tanto anheló ver ardiendo en nuestros corazones. Ese fuego del Espíritu Santo nos calienta y nos consuela. Y, por la acción de este mismo Consolador, las fieras se amansan, la tierra da su fruto y el cielo comienza a derramar su lluvia bienhechora. Entonces el ser humano siente una sed y un hambre inagotables de un mundo mejor, y su corazón no encuentra descanso hasta reposar en Cristo, el Señor.
(Traducido de: Arhimandritul Paulin Lecca, Adevăr și Pace, Tratat teologic, Editura Bizantină, București, 2003, p. 154)
