Cuando el amor de Cristo nos rebosa, sentimos la eternidad

 

Debemos vivir en Cristo, como la medida divina y humana de todas las cosas.

La vida terrenal se desarrolla en torno a ciertos placeres humanos, mientras la vida espiritual queda en el descuido. Debemos invertir este estado de las cosas y poner la vida espiritual en el centro de nuestra existencia. La sabiduría del mundo no puede salvar a la humanidad. Los parlamentos, los gobiernos y las complejas organizaciones de los estados contemporáneos más avanzados son realmente impotentes. La humanidad sufre sin cesar. La única salida consiste en encontrar en nosotros la sabiduría, la determinación de dejar de vivir de acuerdo a los principios de este mundo, y decidirnos a seguir a Cristo. ¿Cómo podemos encontrar el camino? Como dice el Evangelio, Cristo es nuestro camino. Lo importante es ser conscientes de que Cristo es Dios. Quien ame a Cristo estará siempre cerca de Él, esté donde esté. En nuestra vida, cada paso debe estar ligado a los dogmas fundamentales de nuestra fe. Lo único que debe atraernos es la Persona de Cristo. Debemos vivir en Cristo, como la medida divina y humana de todas las cosas.

Cristo dijo: “Yo soy el Camino”. Si Él es el Camino, no debemos seguirlo de manera formal o superficial, sino viviéndolo profundamente en nuestro interior. Recordemos que en el Gólgota y en Getsemaní el luchó contra de todo. Solo. A veces, cuando el amor de Cristo nos rebosa, sentimos la eternidad. Esto es algo que no puede entenderse racionalmente. Dios actúa a Su propia manera, misma que está lejos de nuestras capacidades de percepción. No debemos ser demasiado racionales en la vida cristiana. Hay signos externos que nos ayudan a apreciar a qué distancia nos hallamos de Cristo. ¿Seguimos lo que dice el Evangelio? ¿Hemos alcanzado la perfección, es decir, el amor por todo el mundo, sin hacer diferencia entre amigos y enemigos?

(Traducido de: Arhimandritul Sofronie, Din viaţă şi din duh, Editura Pelerinul, Iaşi, 1997, p. 16)