Palabras de espiritualidad

Cuando la mente ora y desciende al corazón, ¡cuántos prodigios ocurren!

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Tal como la respiración da vida al cuerpo, del mismo modo, la mente, al unirse a la oración, resucita su alma muerta.

El que verdaderamente se serena por Cristo siempre tiene lágrimas: llora sus propios pecados y se preocupa por toda virtud. Luego, con fe ardiente, se entrega a los esfuerzos ascéticos hasta la muerte. Y, haciendo descender la mente al corazón, se esfuerza por decir, al inspirar: “¡Señor Jesucristo, ten misericordia de mí!”, y por recoger su mente, siguiendo las enseñanzas de los Santos Padres de la tradición de la nepsis.

Y tal como la respiración da vida al cuerpo, del mismo modo, la mente, al unirse a la oración, resucita su alma muerta. Y al hacer esto como un verdadero obrero espiritual, buscando incluso con dolor la misericordia de Dios, comienza a experimentar poco a poco la iluminación de la divina consolación.

Esta es la primera etapa de quien se aparta del mundo, de quien encuentra las huellas y los indiciois, de quien busca ver a Dios. Este, como principiante, recorre el camino bendito, pero también recibe interiormente la certeza de que marcha por el camino correcto. Al principio estuvo, como hemos dicho, aquel rayo mediante el cual Dios llama, el único que nos ayudó en la purificación. Pero esa energía divina, al ser completamente invisible, todavía no se distingue en la percepción de la mente; únicamente se hace sentir a veces en los esfuerzos ascéticos del cuerpo, produciendo quietud, pensamientos espirituales, tristeza y lágrimas, así como el recuerdo y la conciencia de los pecados cometidos.

También despierta el deseo de la ascesis y de alcanzar contemplaciones naturales agradables a Dios, así como aquellas cosas que deleitan de la mejor manera nuestra alma; pero todavía no la percepción sensible de aquella luz clarísima, tal como se nos manifiesta, tres veces bienaventurada, y que viene como una suave brisa.

Y, como un baño, poco a poco va limpiando al asceta. Ablanda su corazón para la humildad, para la tristeza por Dios, para la obediencia y para un fervor cada vez más encendido, fortaleciendo en él los buenos dones naturales.

(Traducido de: Arhimandritul Efrem Filotheitul, Starețul meu Iosif Isihastul, traducere de Ieroschimonah Ștefan Nuțescu, Editura Evanghelismos, București, 2010, pp. 191-192)