Cuando nos liberamos de nuestras cargas, podemos alzarnos a Dios
Imaginen un globo cargado con enormes pesos: no podrá volar. En cuanto se aligera, se eleva hacia el cielo. Si las cargas se reducen al mínimo, se eleva aún más. Y si además sopla un poco de viento, alcanza grandes alturas.
Probablemente, cuando oímos hablar de los mandamientos, muchos pensamos en ayunos, abstinencia y demás obligaciones cristianas semejantes. Pero el alma renace no solo por medio del ayuno y la ascesis, sino también con la purificación de los pensamientos.
Cuando la persona queda libre de sus cargas interiores —de preocupaciones, dudas, tensiones en las relaciones, confusión en la mente, sentimientos endurecidos hacia los demás— entonces se comprende cuánto se libera la mente, es decir, el hombre interior. Esto es lo que hacen los mandamientos: alivian ese peso. Te liberas del odio, de la presión de la hipocresía, de las cadenas del egoísmo, de los lazos del amor propio, de la maldad y de todo lo que les corresponde. Todo eso es pesado.
Imaginen un globo cargado con enormes pesos: no podrá volar. En cuanto se aligera, se eleva hacia el cielo. Si las cargas se reducen al mínimo, se eleva aún más. Y si además sopla un poco de viento, alcanza grandes alturas.
Ese viento es la oración.
(Traducido de: Nicolae, Mitropolit de Mesoghéia și Lavreótica, Dacă există viață, vreau să trăiesc, Editura Doxologia, Iași, 2017, p. 91)
