Palabras de espiritualidad

Cuando oramos, no hay cansancio que pese

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Alguien, por ejemplo, sube una montaña: se cansa, se esfuerza, suda. “¿Por qué lo haces?”, le preguntan. “Por la persona que amo”, responde, “porque sé que esto la alegrará”.

El esfuerzo físico hace que el cuerpo se queje, refunfuñe y se resista; pero no puede volver perezosa al alma para la oración. Es como cuando simplemente subes el volumen de la radio: escuchas la música, te deleitas con ella y ya no oyes los murmullos. Así también, cuando se fortalece la oración, el cansancio corporal pasa a un segundo plano. Antes de empezar a quejarte por el esfuerzo del cuerpo, comienza a orar; porque cuando empiezas a quejarte, la Gracia se aparta y te quedas solo con tus propias fuerzas.

Cuando el esfuerzo físico —las postraciones, las vigilias, los distintos sacrificios— se realiza con amor, con verdadera entrega, no daña al cuerpo. Cuando se hace libremente y por amor a Cristo, manifiesta cuánto lo ama una persona. Nadie considera una carga el esfuerzo que hace por aquel a quien ama.

Alguien, por ejemplo, sube una montaña: se cansa, se esfuerza, suda. “¿Por qué lo haces?”, le preguntan. “Por la persona que amo”, responde, “porque sé que esto la alegrará”.

Así también el hombre, el creyente, expresa con medios visibles su amor, su entrega y su adoración a Cristo. Este es el fundamento del esfuerzo del cuerpo; este es el fundamento de las postraciones. No se hacen para ganar algo, sino porque el amor, el amor a Cristo, no te deja actuar de otra manera.

(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, p. 282)


 

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