De cómo San David de Gareja logró la conversión de un hombre que quería matarlo
“¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Y qué haces aquí?”. “Soy solo un un siervo de mi Señor Jesucristo, Quien es todo misericordia…”.
Un día, San David subió a la montaña para visitar a los hermanos. Al regresar, se sentó junto a un montón de rocas y comenzó a orar. De repente, una perdiz vino a refugiarse entre sus pies. La pobre avecilla era perseguida por un halcón de caza perteneciente a un árabe llamado Bubakar (ya por aquella época había comenzado la llegada de los árabes a Georgia y Armenia).
Poco después llegó el árabe, orgullosamente sentado en la silla de su caballo, y contempló una escena extraordinaria: el santo estaba orando con las manos levantadas al cielo; la perdiz permanecía a sus pies y el halcón estaba tranquilamente posado a poca distancia.
Asombrado por aquella visión, el hombre le preguntó al santo:
—¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Y qué haces aquí?
—Soy solo un siervo de mi Señor Jesucristo, Quien es todo misericordia —respondió el bienaventurado David—, y le ruego el perdón de mis innumerables pecados y que me conceda partir en paz de este vano mundo terrenal hacia los cielos.
—¿Y de qué vives? ¿Quién te sustenta en este lugar? —preguntó nuevamente el árabe.
—Aquel en quien pongo toda mi esperanza: Dios, el Creador de todas las cosas. Él cuida de mí y de todas sus criaturas. Pero ahora te ruego que dejes vivir a esta ave que ha venido a refugiarse junto a mí.
El hombre se echó a reír.
—Pobre monje —dijo con arrogancia—. ¿Me pides que tenga compasión de un ave? ¡Si yo pienso matarte también a ti! Antes deberías suplicarme que tenga piedad de ti mismo y no de esta perdiz.
El humilde ermitaño no se turbó ante las crueles palabras de Bubakar.
—Ni a esta indefensa ave ni a mí podrías matarnos si Dios no te concede ese poder —respondió con mansedumbre—. Y estoy convencido de que Dios es mi auxilio. Él me librará de tus manos.
Enfurecido por la osada respuesta del santo, el bárbaro desenvainó su espada para matarlo. Pero cuando levantó la mano, ésta quedó inmóvil: ¡se secó por el poder de Cristo!
Sobrecogido y humillado, Bubakar desmontó de su caballo y cayó llorando a los pies del santo.
—Santo de Dios —dijo entre sollozos—, perdóname por la insensatez que quise cometer. ¡Ten misericordia de mí! Te suplico que sanes mi cuerpo y mi alma.
El bondadoso David accedió enseguida a su súplica y comenzó a orar:
—Señor Jesucristo, Dios lleno de bondad y amante de la humanidad: te doy gracias por el milagro que has realizado para librarme a mí, tu indigno siervo. Pero ahora te imploro: ten misericordia de esta criatura tuya que llora con arrepentimiento. Sana su mano para que te confiese a Ti, único Dios verdadero, y glorifique tu santísimo Nombre.
El santo tocó la mano paralizada de Bubakar y ésta quedó inmediatamente sana.
Admirado y lleno de gratitud, el árabe rompió a llorar amargamente y dijo:
—¡Hombre de Dios! Tengo en casa un hijo paralítico, postrado en su lecho desde hace mucho tiempo. Ruega a tu Dios que le conceda la salud. Creo que tu oración será escuchada, porque eres su fiel siervo. Si mi hijo sana, glorificaré Su Nombre, daré testimonio de Él como mi Señor y guardaré todos Sus mandamientos.
—Que se haga según tu fe —respondió el santo—. Regresa ahora a tu casa. A las tres de la tarde tu hijo recobrará la salud.
Bubakar partió alegremente hacia su hogar. Cuando llegó, ya comenzaba a anochecer. Y he aquí que encontró a su hijo esperándolo en la puerta, sano y rebosante de alegría. Al entrar en la casa, vio a su esposa y a sus demás hijos que no podían de tanta alegría, y profundamente conmovidos por aquel inesperado milagro divino.
—¿Cuándo sanó el niño? —les preguntó.
—A las tres de la tarde. De repente se levantó por sí mismo y comenzó a caminar. Es algo increíble.
Llorando de emoción, Bubakar les contó detalladamente todo lo que había sucedido durante su encuentro con el santo ermitaño.
A la mañana siguiente cargó sus asnos con provisiones y partió hacia el desierto de Gareji, llevando consigo a sus tres hijos. Tras una búsqueda perseverante encontró a San David en su cueva.
—Siervo de Dios —dijo, postrándose a sus pies—, eres médico de las almas y de los cuerpos. Mira: mi hijo está ante ti completamente sano. Él y todos nosotros pedimos tu bendición.
El santo puso su mano derecha sobre sus cabezas y dijo:
—Que el Dios que bendijo a Abraham, a Isaac y a Jacob os bendiga también a vosotros.
Bubakar y sus hijos permanecieron junto al santo hasta el atardecer, escuchando con avidez las enseñanzas espirituales del sabio padre.
Después de una sencilla cena, el árabe dijo al santo que deseaba recibir el bautismo junto con toda su familia. Entonces el santo lo envió con Luciano al monasterio de la montaña, donde se encontraba el padre Dodo, ordenándole que hiciera todo lo necesario para la celebración del sacramento. El venerable Dodo, a su vez, encargó a un hieromonje que catequizara y bautizara a la familia de Bubakar.
Algún tiempo después, el árabe recién bautizado regresó al desierto con obreros y excavó en la roca una pequeña iglesia para los ermitaños. Más tarde esta iglesia fue ampliada y embellecida por nuestro padre portador de Dios, San HIlarión el Ibero, quien colocó las reliquias de San David en un cofre.
El relicario se encuentra hasta hoy en la parte sur de la iglesia. Un poco más allá está la tumba de su fiel discípulo, el venerable Luciano. Maestro y discípulo agradaron a Dios por su vida ascética y a ambos se les concedió el don de hacer milagros, sanando a numerosos enfermos que acuden con fe a venerar sus santas reliquias.
(San Hilarión el Ibero nació en el año 822 cerca de Tiflis (actual Tbilisi). Desde los quince años se retiró a una cueva en el desierto de Gareja, donde vivió en soledad durante diez años. En el año 847 peregrinó a Tierra Santa y, siete años más tarde, la Santísima Madre de Dios se le apareció y le ordenó regresar a Georgia.
De vuelta en su patria, fundó y dirigió numerosas comunidades monásticas. Deseando evitar su elección al episcopado, partió en secreto hacia Constantinopla y después al monte Olimpo de Bitinia, donde llevó vida ascética durante cinco años en una región desierta.
Por invitación del emperador Basilio I el Macedonio (867–886), quien había oído hablar de su gran santidad, acudió a la capital imperial y fundó un monasterio junto a la iglesia del Arcángel Miguel.
Al regresar de Roma, donde había permanecido dos años, pasó por Tesalónica. Allí descansó en el Señor el 19 de noviembre del año 875. Un año después, sus santas reliquias fueron trasladadas a Constantinopla y depositadas en el monasterio que él mismo había fundado).
(Traducido de: Patericul georgian, Editura Egumenița, pp. 122-125)
