De los rasgos del hombre que vive con fe
Tiene siempre presente que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, y vive con sencillez, pureza y santidad.
La devoción es temor de Dios, reverencia, sensibilidad espiritual. El hombre devoto hace todo lleno de un santo recogimiento, y ese recato derrama miel en su corazón. Para él, su modo de vivir no es un martirio, sino que se siente agradecido por él. Sus movimientos son delicados y atentos.
Percibe intensamente la presencia de Dios, de los ángeles y de los santos. Siente junto a sí a su ángel custodio, vigilándolo y guiándolo. Tiene siempre presente que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, y vive con sencillez, pureza y santidad.
En todas partes se comporta con cuidado y respeto, pues siente vivamente todo lo sagrado. Procura, por ejemplo, no dar la espalda a los íconos. Si ve un ícono, su corazón se estremece y sus ojos se llenan de lágrimas. Incluso cuando solamente ve escrito en algún lugar el nombre de Cristo, lo besa con veneración y su alma se llena de dulzura.
Y aun si encontrara tirado en el suelo un pedazo de periódico donde estuviera escrito, por ejemplo, el nombre de Cristo o “Santa Iglesia de la Santísima Trinidad”, se inclinará, lo recogerá, lo besará con reverencia y se entristecerá de que haya sido arrojado al suelo.
(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Trezvie Duhovnicească, vol II , Editura Evanghelismos, Bucureşti, 2003, p. 141-142)
