Dejarnos guiar por Dios es ser verdaderamente libres
Si Dios se impone en ti, te haces Su siervo y vives en la libertad de los hijos de Dios: «…aquello que te vence, eso mismo te domina» (II Pedro 2, 19).
Cuando el hombre vive sin Dios, sin paz ni confianza, sino en la inquietud, la agitación, la tristeza y la desesperación, se llena de enfermedades tanto del cuerpo como del alma.
La verdadera humildad no habla ni pronuncia palabras “humildes”, como decir: «soy pecador, indigno, el último de todos». El que es verdaderamente humilde teme caer en la vanagloria precisamente a través de esas palabras “humildes”. Allí no se acerca la Gracia de Dios. Por el contrario, la Gracia de Dios pervive donde hay humildad auténtica, humildad divina, plena confianza en Dios y total dependencia de Él.
Esto tiene un gran valor: ser guiado por Dios, no dejarse orientar por la propia voluntad. El siervo no tiene voluntad: hace lo que quiere su señor. Así también el fiel siervo de Dios. Te haces siervo Suyo, pero en Dios encuentras la libertad. Esa es la verdadera libertad: arder por Dios. Eso lo es todo. Ya lo he dicho: si Dios se impone en ti, te haces Su siervo y vives en la libertad de los hijos de Dios: «…aquello que te vence, eso mismo te domina» (II Pedro 2, 19).
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, p. 258)
