Palabras de espiritualidad

Del amor de la Madre del Señor y la misericordia de Dios

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Muchas veces, nosotros, los hombres, decimos que daríamos a Dios todo lo que tenemos. Pero cualquier cosa que demos es nada, porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido de Dios?

El monje tiene una relación directa con la Santísima Madre del Señor; es un vaso que recibe la divinidad, porque Dios habita en la asamblea de los santos [1], Dios está allí donde estamos todos nosotros.

Cuando los monjes cantan “Es verdaderamente digno...”, sienten que se asemejan a los ángeles que están delante del trono celestial. Permanecen inmóviles y descubiertos, para rendir la debida veneración a la Santísima Madre del Señor, quien, tanto cuando habla como cuando guarda silencio, cuando lleva al Niño, cuando da a luz, cuando camina por el Santo Monte Athos o cuando eleva al Cielo nuestras súplicas, no hace otra cosa que elevarnos a Dios y hacérnoslo descender. Ella logra hacerlo morador permanente de nuestros corazones.

Nuestra Madre, la Madre de Dios, es la persona más querida por todos los monjes del Monte Athos y, podría decirse, por todos los monjes en general. Sin ella, no es posible que el monje dé siquiera un paso en su vida espiritual. No puede ni siquiera pronuncian un “Señor Jesucristo, Hijo de Dios...”, ni comprender su sentido. Con la ayuda de la Virgen, todo esto se vuelve experiencia viva en cada persona, pero ante todo en la Iglesia, que es más auténtica, más firme y más verdadera que nosotros mismos.

Un monje intentaba sin cesar hacer de la oración: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador”, el contenido de su mente y de su corazón. Pero como no lo lograba, le pidió a la Madre de Dios que hiciera morar al Señor en su corazón por medio de estas palabras. Mientras tanto, su stárets (padre espiritual) no le permitía meditar en el significado de cada palabra de la oración, sino solamente seguir las palabras, porque muchas veces, cuando nos detenemos en los significados, nos vemos envueltos en una fuerte lucha interior o caemos en la dispersión de la mente, en prolongadas dilaciones o en extraños estados sentimentales. Otras veces confundimos los sentimientos humanos y nuestras propias experiencias con los dones divinos. Para protegerlo de tales peligros, el stárets le ordenó que se concentrara solo en las palabras. Y aunque inicialmente el monje no pudo entender el sentido de esta orden, obedeció.

Una noche, profundamente marcado por esta inquietud, se acordó de la Madre de Dios y le dijo: «Santísima Madre de Dios, mi stárets me dice que siga solo las palabras de la oración, pero mi corazón no puede entenderlo. Te pidoi que me ayudes, y yo repetiré solo las palabras: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”».

Dicho lo anterior, continuó su oración, sentado en su banquito, humilde y obediente como buen discípulo, con el corazón frío, algo cansado y también algo desanimado, porque el tiempo pasaba y no veía el progreso que deseaba. Sin embargo, mientras estaba allí, de pronto se dio cuenta de que sus labios ya no murmuraban nada: solo su corazón repetía continuamente nuestra conocida frase litúrgica, llena de misericordia y compasión. Lo comprendió por sus ojos humedecidos y por su corazón compungido. No sabía si estaba dormido o despierto; solo sabía que había descubierto el lugar donde Dios desciende, porque Dios es misericordia y compasión. Dios, inaccesible hasta ese momento, insondable, trascendente, inalcanzable, se volvió cercano dentro de su corazón como misericordia y compasión.

La misericordia es como el mar, en el que alguien cae y ve sus profundidades. En cuanto te relajas y te abandonas a sus olas, descubres que no te hundes, sino que flotas. La misericordia muestra que ese mar no es solo algo a lo que te entregas, sino también algo que se te ofrece. Porque la misericordia es el movimiento de la divinidad hacia nosotros, la salida de Dios de Sí mismo, sus energías divinas que, al entrar en nuestro corazón y en nuestra vida, se hacen uno con nosotros. Más aún: lo creado que llevamos en nuestro cuerpo y en nuestra alma se une con lo no-creado y se deifica.

El monje que oraba entró en ese mar, vio cuán grande es la misericordia de Dios, comprendió que Su piedad es una irradiación continua, una comunicación incesante de la divinidad, y ese día se unió a Dios. Desde entonces, aunque hubiera querido, ya no pudo permanecer en su propia voluntad. La Madre de Dios le concedió este gran don. Lo mismo hará también con nosotros.

Muchas veces, nosotros, los hombres, decimos que daríamos a Dios todo lo que tenemos. Pero cualquier cosa que demos es nada, porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido de Dios? [2] Nadie ha dado nada a Dios sino solo aquello que Él mismo nos ha dado. Por lo tanto, todo lo que le ofrecemos ya le pertenece. Pero todo lo que Él nos da con Su misericordia, con Sus energías, se convierte en nuestra riqueza. Dios no da marcha atrás, permanece fiel. Nos concede Sus dones sin arrepentirse y los hace nuestra riqueza, nuestro provecho, nuestra herencia.

¡Demos gracias a la Santísima Madre de Dios por todos sus dones!

(Traducido de: Arhimandritul Emilianos Simonopetritul, Cuvinte praznicale mistagogice, Indiktos, Athena, 2014)

[1] Salmos 81, 1.

[2] I Corintios 4, 7.