Dios obra a través de nosotros
“No somos nosotros quienes decidimos el bien que podemos hacer a las personas, sino que es Dios quien obra por medio de nosotros, para beneficio de los demás”.
A lo largo de mi vida, hasta el presente, me he confesado con varios padres espirituales. La mayoría de ellos se han limitado a escuchar mi confesión y a darme orientaciones generales. Sin embargo, algunos me han sido de verdadera utilidad.
Uno de los padres espirituales que más me impresionó por la seriedad con la que abordaba las cuestiones, y a quien conocí cuando todavía cursaba la secundaria, fue el padre Justiniano Dalea, que por aquel entonces era el confesor del Monasterio de Timișeni, en el Banato.
Otro padre espiritual que dejó una profunda huella en mí, esta vez de un carácter completamente distinto, seráfico, con una gran comprensión ante la debilidad humana y una compasión que recordaba a San Juan Crisóstomo, fue el padre Serafín Popescu. Era un padre espiritual de corazón, es decir, uno en quien el corazón ocupaba el primer lugar. Él me condujo espiritualmente y permanecí bajo su dirección hasta el final de su vida.
Poco tiempo después de ingresar en el monasterio, se me ocurrió pensar que, en esta nueva situación, tendría menos posibilidades y medios para ser útil a las personas, aunque en realidad tenía más posibilidades, pero todavía no las conocía. Cuando le comuniqué este pensamiento al padre Serafín y le expresé mi desconcierto, él me respondió sencillamente: “No pienses más en eso, porque no somos nosotros quienes decidimos el bien que podemos hacer a las personas, sino que es Dios quien obra por medio de nosotros, para beneficio de los demás. Prepárate de tal manera que Dios pueda obrar a través de ti allí donde Él quiera y donde Él sepa que debes ser útil”.
Fue un consejo cuya gran sabiduría pude comprobar y que seguiré poniendo en práctica durante toda mi vida.
En otra ocasión, también en medio de una situación de desconcierto, el padre Serafín me dijo: “Allí donde sientas que se honra a Cristo, ve, porque no te equivocarás”.
Más adelante, con motivo de una confesión con el padre Cleopa, este me hizo ver, mediante la primera pregunta que me formuló, la importancia que tiene el cuidado de la mente.
(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Veniți de luați bucurie, Editura Teognost, Cluj-Napoca, 2001, p. 192)
