Palabras de espiritualidad

Dios y la contabilidad de nuestros pecados que lleva el maligno

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Cuando decimos: “Creo, Señor, pero ayuda mi falta de fe”, por un lado expresamos nuestra fe y, por otro, manifestamos una conciencia recta: reconocemos que nuestra fe humana nunca basta para colmar la medida que Dios pide, y que solo Él puede completarla.

¿Cómo puede entenderse el versículo: “Creo, Señor, pero ayuda mi falta de fe”?

—Este versículo es una de las expresiones más hermosas que encontramos en el Santo Evangelio. Se refiere al padre de un muchacho que acude al Señor Jesús para pedirle que sane a su hijo. El Señor le pregunta: “¿Crees que puedo hacer esto?”. Y él responde: “¡Creo, Señor, pero ayuda mi falta de fe!”. Con estas palabras demuestra que era consciente de lo que decía, porque realmente creía. Si no hubiera tenido fe, no habría acudido al Señor Jesús.

Sin embargo, debemos comprender que la fe del hombre, por sí sola, nunca es suficiente ante Dios. Les he hablado de la oración y del poder de la fe, pero hay algo que debemos tener siempre presente: humanamente somos limitados. Entre lo que nosotros podemos alcanzar y la plenitud siempre queda una distancia, y esa distancia la llena Dios. Ese acto por el cual Dios completa lo que nos falta para llegar a la plenitud se llama Gracia.

El padre Nicolae Steinhardt ofrece una imagen que siempre me ha parecido muy hermosa. En una de sus homilías compara la manera de actuar del maligno con la de Dios. El maligno se comporta como un contador: todo el tiempo está con una tablilla y una pluma anotando cada uno de nuestros pecados, grandes o pequeños, sin dejar pasar ninguno, hasta llenar la tablilla por completo. Le cuesta mucho trabajo, pero al final llega Dios, que actúa como un noble: con la manga de Su túnica borra la tablilla de un solo gesto. Dios obra como un rey inmensamente rico, pero también inmensamente generoso.

Por eso, cuando decimos: “Creo, Señor, pero ayuda mi falta de fe”, por un lado expresamos nuestra fe y, por otro, manifestamos una conciencia recta: reconocemos que nuestra fe humana nunca basta para colmar la medida que Dios pide, y que solo Él puede completarla.

Cuando un hombre llega a vivir de tal manera que Dios mismo se maravilla de él, entonces puede decirse que es verdaderamente un hombre.

(Traducido de: Mitropolitul Bartolomeu Anania, Rugăciunea, izvor de putere în încercările vieţii, Editura Doxologia, Iași, 2013, pp. 64-65)

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