El amor, la clave de nuestra relación con los demás

 

Estar con Dios significa estar lleno de Su amor por toda la humanidad; solos con Dios, pero unidos con Dios.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Cuando le digo a Dios: “¡Ten piedad de mí!”, llevo en mi conciencia y en mi corazón tanto a mis semejantes, como al mundo entero. Estar con Dios significa estar lleno de Su amor por toda la humanidad; solos con Dios, pero unidos con Dios. La luz de Dios abarca todo; en Él veo a todos los demás, viéndolo a Él puedo ver a todos también. Ya no soy un hombre “neutral” que no le hace daño a nadie. Sino que, en la medida en que crezco en el amor, paso a una etapa positiva, viendo el misterio de los demás, haciéndome más consciente de mi responsabilidad ante ellos. Me siento obligado a hacer algo por ellos, ayudarlos a resolver los problemas de su vida, sus problemas espirituales, hacerlos gustar del gozo en Dios. ¡Todo el mundo está lleno de cargas y tribulaciones, de problemas interiores y exteriores! Tienen tantas necesidades, que se han vuelto sensibles ante cualquier situación. En verdad, hay mucho sufrimiento entre los hombres, y debemos ayudarlos. Pero, para esto se necesita de mucho amor.

En el amor, el hombre es bueno. En el amor, el hombre se revela. Ante mi amor, él se abre, se tranquiliza, se serena. Ahora hay alguien que le ama, alguien que le presta atención. Así, se tranquiliza y se manifiesta tal como es: revela su verdadero fundamento. Y entonces conozco al hombre, por medio del amor.

Limitando nuestras pretensiones personales por medio de la ascesis, llegamos, en primer lugar, a no hacer más el mal, a no dañar a nadie, a hacernos aceptables para todos. Después, anhelamos con todo nuestro ser entregarnos, amar y demostrarle nuestro amor al otro, para que se siga abriendo a nosotros. Entonces, lleno del amor de Dios por la humanidad, conoceré el misterio y la profundidad de cada uno.

(Traducido de: Dumitru Stăniloae, Marc-Antoine Costa de Beauregard,Mica dogmatică vorbită, dialoguri la Cernica,Editura Deisis, 2000, pp. 217-218)