El cáliz es fuente de vida, no de enfermedad

 

¿Es posible que los microbios, seres insignificantemente pequeños, sean más poderosos que el Creador del universo, nuestro Dios Todopoderoso?

En los últimos tiempos, muchos han empezado a preguntar si existe la posibilidad de contagiarse de alguna enfermedad al comulgar. Esta discusión se tornó aún más encendida con la aparición del sida. Claro está que los cristianos verdaderos ni se plantean semejante pregunta. Sin embargo, no son pocos los que se sienten confundidos y los que ponen un signo de interrogación.

La mejor prueba —para quienes la necesitan— de que las enfermedades no se transmiten al comulgar con el Santo Cuerpo y la Santa Sangre de nuestro Señor Jesucristo, son los mismos sacerdotes al servicio de los hospitales, quienes consumen la Eucaristía que ha quedado después de impartirles la Comunión a los enfermos.

Cuando estuve sirviendo como sacerdote misionero en el Hospital “Hipócrates”, tuve la oportunidad de conocer y colaborar con clérigos muy importantes, quienes se ponían al servicio de sus semejantes llegando al sacrificio de sí mismos y ofreciendo un inapreciable consuelo, por muchísimos años, a cada paciente. De entre ellos puedo mencionar al padre Georgios Koutis, del Hospital “San Sabas”; al padre Elpidio, hermano del padre Filoumenos, hieromártir de nuestros días, del Hospital de la “Cruz Roja”; al padre Ilie Tsokogiannis, quien habría de llegar a ser Metropolitano de Demetriada, del Hospital “de la Anunciación”; al padre Anastasie Drapaniotis, del Hospital “Popular”, y al padre hagiorita Panteleimón, del Hospital “Mântuleasa”, todos ellos muy activos en unos años en los que la tuberculosis causaba estragos entre la población.

Actualmente, conservo una fuerte relación espiritual con la mayoría de sacerdotes que, dando muestras de un gran celo y poder de sacrificio, sirven en los hospitales de Atenas. Les aseguro, sin un ápice de duda —y estoy convencido de que todos los sacerdotes mencionados, si les preguntaran, responderían categóricamente lo mismo— que jamás se ha constatado que alguna enfermedad, leve o grave, haya sido transmitida por medio de la Santa Comunión, o de los enfermos al sacerdote. En mi caso, en treinta y cinco años sirviendo en el Hospital “Hipócrates”, nunca me enfermé por algún microbio contraído allí o de cualquier otra dolencia de las que padecían los pacientes con los que tuve contacto. No está de más agregar que, en mis últimos años en el Hospital “Hipócrates”, el número de pacientes con sida era ya muy alto.

Con el auxilio de la Gracia Divina, a todos esos enfermos los visité constantemente, confesándolos e impartiéndoles la Comunión. Y, como es normal, cada vez, después de darles de comulgar, yo mismo consumía lo que quedaba en el cáliz, con la misma alegría y devoción, sin ninguna clase de reticencias.

¿Es posible que los microbios, seres insignificantemente pequeños, sean más poderosos que el Creador del universo, nuestro Dios Todopoderoso? ¿Es posible que el Gran Sanador, Aquel que sana todas las enfermedades con Su sola Palabra, sea el que transmite enfermedades? ¡Qué blasfemia tan grande, hermanos! Quien piense así estará demostrando que nunca ha conocido, en verdad, a Cristo.                                                             

(Traducido de: Arhimandritul Eusebiu GiannakakisÎn mijlocul durerii, la căpătâiul celor suferinzi, Editura Doxologia, Iași, 2013, pp. 60-62)