El convencimiento de la verdad de Cristo
La Resurrección llevó a Tomás a confesar a Cristo hasta los confines del mundo y a morir como un mártir. Si no hubiera estado convencido, no se habría entregado en sacrificio.
Cristo Mismo se apareció ante Sus discípulos y los fortaleció; los bendijo y llenó sus almas de paz. Les recordó todo lo que les había enseñado, acerca de Su Resurrección, que había sido anunciada en el Antiguo Testamento, y todo lo que se transmitía en sus tradiciones cotidianas. De este modo, los volvió a atraer hacia Sí, esta vez aún más cerca.
Hasta Su Ascensión a los Cielos, Cristo se manifestó en varias ocasiones, tanto a Sus discípulos más cercanos como a un círculo más amplio de Apóstoles, para convencer incluso a los más incrédulos, como Tomás, de que verdaderamente había resucitado. Muchos lo tocaron (I Juan 1, 1) y se aseguraron de que “tenía cuerpo y carne” (Lucas 24, 39). Sin duda, Cristo Resucitado es de un modo místico “Aquel que está dentro, fuera y por encima de todo, el Todopoderoso, el que está en todas partes, el que está con el Padre ahora y como hombre para siempre, pero también en la tierra”, en la vida diaria, de la tarde a la mañana y de la mañana a la noche (Mateo 23, 20). He aquí que Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos. Amén. [...]
Vemos a Cristo aparecer después de Su Resurrección en distintos lugares, de diversas maneras y en múltiples ocasiones. Él es Señor de todos los estados, y cada vez actúa según sea necesario para edificar. Después de la Resurrección, Cristo permaneció en la tierra cuarenta días, hasta el día de la Ascensión, y dedicó a reafirmar y consolidar la convicción inquebrantable de los discípulos en Su Resurrección, de la cual tenían absoluta necesidad. Y lo logró de manera perfecta. Incluso en el alma y en el espíritu del incrédulo Tomás dejó una impresión tan plena la presencia de Cristo Resucitado, que este después exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! La Resurrección lo llevó a confesar a Cristo hasta los confines del mundo y a morir como un mártir. Si no hubiera estado convencido, no se habría entregado en sacrificio.
(Traducido de: Arhimandritul Timotei Kilifis, Hristos, Mântuitorul nostru, Editura Egumenița, 2007, pp. 132-134)
