El cristiano es un extraño para este mundo

 

Los cristianos pasamos por el mundo portando sobre la frente esta corona de espinas espiritual, dando testimonio de Dios y orando por todos: por la paz del mundo, por nuestros enemigos, por los que nos hacen el mal y por los que nos hacen el bien.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Toda la historia del cristianismo es una historia de sufrimiento. Desde el principio y hasta el fin de los tiempos, el cristianismo será perseguido de una manera u otra, con violencia o sin ella. Pero la persecución no cesará jamás, porque, como dije antes, el cristiano es como un extraño que no tiene en dónde recostar la cabeza.

Tal es nuestra posición en este mundo. Seremos perseguidos e insultados, todos se reirán de nosotros y dirán que estamos locos. Y dirán que somos unos “místicos”, como si el misticismo fuera un crimen, y el crimen político una virtud. Del mismo modo en que actualmente se cometen los crímenes políticos. Porque nosotros hemos entendido exactamente cuál es la posición de Jesús en este mundo y avanzamos por el sendero que Él nos mostró.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por Mi causa.

Esta es una continuación de la bienaventuranza anterior, porque si somos perseguidos, oprimidos e insultados por este mundo, es por el nombre de Cristo. Nadie se burla de aquel que vive holgadamente en este mundo. Pero a nosotros, los cristianos, el mundo nos persigue; los intelectuales de este mundo nos ridiculizan y los poderosos nos censuran. Hasta los menos importantes se burlan de nosotros, porque no saben, no concen la verdad de la fe. Y, con todo, los cristianos pasamos por el mundo portando sobre la frente esta corona de espinas espiritual, dando testimonio de Dios y orando por todos: por la paz del mundo, por nuestros enemigos, por los que nos hacen el mal y por los que nos hacen el bien.

(Traducido de: Părintele Gheorghe CalciuCuvinte vii, ediție îngrijită la Mănăstirea Diaconești, Editura Bonifaciu, 2009, p. 177)