El hombre humilde rechaza todo elogio
La Gracia de Dios llega solamente por medio de la santa humildad. El hombre humilde es el hombre perfecto.
¿Qué más les puedo decir? Cuando llegué al Monte Athos, fui a ver a algunos ancianos que llevaban una vida verdaderamente de santidad. Ninguno de ellos me dijo alguna vez: “¡Bravo!”. Lo que hacían era aconsejarme sobre cómo amar a Dios y cómo ser siempre humildes. Me enseñaban a invocar a Dios para que fortaleciera mi alma y para amarlo mucho.
Nunca conocí esa clase de felicitaciones, porque tampoco las buscaba. Al contrario, me sentía incómodo porque esos ancianos no me reprendían. Decía: “¡Que el Cielo me lleve! ¡No sé si podría haber encontrado otros ancianos más virtuosos!”. Quería que me corrigieran, que me reprendieran, que fueran severos conmigo. Si algún cristiano escuchara esto que estoy diciendo, seguramente se desconcertaría y lo rechazaría. Sin embargo, así es como debemos actuar: con humildad y sinceridad.
Ni siquiera mis propios padres me dijeron jamás “¡Bravo!”. Tampoco lo deseaba. Por eso, todo lo que hacía, lo hacía desinteresadamente. Ahora, cuando la gente me elogia, me siento incómodo. ¿Qué les puedo decir…? Me conmueve por dentro cuando otros me dicen “¡Bravo!”. Pero no es algo que me haga daño, porque desde hace mucho tiempo me enseñaron en qué consiste la humildad.
¿Y por qué ahora no quiero que me elogien? Porque sé que el elogio vuelve al hombre vacío por dentro y aleja la Gracia de Dios. Y la Gracia de Dios llega solamente por medio de la santa humildad. El hombre humilde es el hombre perfecto.
¿No son hermosas estas cosas? ¿No son inmensamente ciertas?
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, pp. 347-348)
