Palabras de espiritualidad

El peso del alma humilde

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Así sucede también con el alma: cuando se humilla, da fruto. Y cuanto más fruto da, tanto más se humilla.

Nadie puede expresar con palabras cómo nace esta humildad en el alma, si la persona no llega a descubrirla por medio de la prueba, por medio de los hechos. Hay que vivirla. Humillarse verdaderamente, en el momento oportuno, y así adquirir esta virtud. La humildad no puede adquirirse solamente de oídas o leyendo páginas de literatura eclesiástica.

Con el humilde sucede como con el árbol. Cuando los árboles están cargados de mucho fruto, el peso de los frutos inclina sus ramas y las hace bajar, mientras que el que no da fruto se eleva y permanece erguido. Así sucede también con el alma: cuando se humilla, da fruto. Y cuanto más fruto da, tanto más se humilla.

Por eso, cuanto más se acercaban los santos a Dios, más pecadores se veían a sí mismos. Así lo escuchamos de Abraham. Cuando vio al Señor, se llamó a sí mismo tierra y ceniza. El profeta Isaías, cuando fue llamado a su misión profética, exclamó: “¡Ay de mí, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros!”.

Miremos la humildad de los santos, ¡en qué grado de santidad se encontraban sus corazones! Incluso cuando eran enviados por Dios para ayudar a los hombres, quienes eran verdaderamente humildes no aceptaban, huyendo de la ocasión de ser glorificados.

Así, Moisés le dijo a Dios, cuando fue llamado para sacar al pueblo de la esclavitud de Egipto: “Te ruego, Señor, envía a otro en mi lugar, alguien más fuerte, porque yo soy torpe para hablar y lento de lengua” (Moisés era tartamudo).

El profeta Jeremías dijo: “Soy demasiado joven para la misión que me encomiendas, Señor”.

Y, dicho sencillamente, cada uno de los santos poseía esta humildad que había adquirido como fruto de cumplir los mandamientos de Dios.

Nadie puede expresar con palabras cómo nace esta humildad en el alma, si la persona no llega a descubrirla por medio de la prueba, por medio de los hechos. Hay que vivirla. Humillarse verdaderamente, en el momento oportuno, y así adquirir esta virtud. La humildad no puede adquirirse solamente de oídas o leyendo páginas de literatura religiosa.

Si nos limitamos solamente a leer, se desprende de nosotros aquello que habíamos logrado reunir con bastante esfuerzo, y volvemos a quedar tan vacíos y tan pobres, tan orgullosos y tan ignorantes como antes.

(Traducido de: Arhimandritul Sofian Boghiu, Smerenia și dragostea, însușirile trăirii ortodoxeFundația Tradiția Românească, București, 2002, p. 25)