El significado del Sacramento de la Confesión

 

Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos”.

La función del confesor se basa en el hecho de que nuestro Señor Jesucristo, antes de Su Resurrección, prometió en dos líneas esta potestad de perdonar los pecados: ‟Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino Mi Padre que está en el Cielo”. Después de eso, agregó: “Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el Cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el Cielo” (Mateo 16, 18-19). Esta es la primera promesa relacionada con el poder de perdonar los pecados.

En otro momento, nuestro Señor les prometió a Sus discípulos: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo”. Esto lo encontramos en el capítulo dieciocho del Evangelio según San Mateo, y esta promesa la cumplió nuestro Señor el día de Su Resurrección, cuando, al verlos, sopló sobre ellos, mientras les decía: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos” (Juan 20, 22).

Entonces, nuestro Señor Jesucristo les concedió a Sus discípulos el poder de atar y desatar pecados. Y esto consiste no solamente en decir qué está permitido y qué no lo está, sino también en intervenir en la vida de los fieles para librarlos de sus pecados. Es un don, un misterio, y también un sacramento de la Iglesia, un medio para la santificación de los fieles, algo que está más allá de nuestro entendimiento.

(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Cum putem deveni mai buni – Mijloace de îmbunătăţire sufletească, Editura Agaton, p. 327)