¿Es necesario que también los sacerdotes tengan un auto propio?

 

Otra cosa es cuando necesita recorrer grandes distancias para poder cumplir con su labor pastoral, como ocurre en la provincia o en el extranjero. Sólo en tales casos se justificaría que tenga que utilizar un vehículo propio...”

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

En una reunión con las familias de sus hijos espirituales y otras personas, que tuvo lugar en la casa de uno de los feligreses, en un momento salió a discusión el tema de los sacerdotes y su necesidad de tener un vehículo propio. Uno de los presentes, cuyo hijo había muerto recientemente atropellado en una carretera, dijo que actualmente tener un auto ya no es un lujo, sino una necesidad, razón por la cual no hay problema alguno en que también los sacerdotes conduzcan. Sin embargo, el stárets Epifanio tenía una opinión completamente distinta. Y dijo:

Yo creo que los sacerdotes deberían evitar conducir, aunque tener un auto ya no sea un lujo. Todos sabemos lo que ocurre en la jungla de asfalto. ¡Cuánta irascibilidad, cuánta rivalidad por tener prioridad, cuántos nervios, cuánta ira, cuántos insultos, cuántos epítetos “adornados”, cuántos gestos vulgares! ¿Es realmente necesario sumergir la imagen del sacerdote en todo eso? Veamos lo que ocurre cuando hay pequeños accidentes: cuántas discusiones, cuántas acusaciones, ¡hasta golpes! O pensemos qué pasaría si tiene problemas con un neumático, en una calle transitada... ¡verse obligado a quitarse la sotana, postrarse sobre el pavimento y ensuciarse, con tal de cambiar un neumático estropeado! ¿Cuántos silbidos y comentarios sarcásticos no habría de recibir por parte de los demás pilotos? ¿Para qué provocar semejante tentación? ¿Acaso todo eso no constituye un menoscabo a su dignidad sacerdotal? Otra cosa es cuando necesita recorrer grandes distancias para poder cumplir con su labor pastoral, como ocurre en la provincia o en el extranjero. Sólo en tales casos se justificaría que tenga que utilizar un vehículo propio. Sin embargo, siempre seguirá latente el peligro de matar a alguien en un accidente. Entonces, de acuerdo a los Santos Cánones, tendrá que quitarse la estola y colgarla en un clavo...

En ese momento, alguien dijo:

Sí, Padre, pero los accidentes ocurren involuntariamente...

Los Santos Cánones, dijo el stárets, determinan que también al que mata involuntariamente debe privársele del sacerdocio. ¿Cómo podría uno que ha matado, seguir cumpliendo con sus responsabilidades pastorales? ¿Cómo le verían los familiares de su víctima, mientras oficia en la iglesia? ¿Cómo podrían seguir aceptándolo como sacerdote y padre espiritual, sabiendo que ha matado a uno de sus parientes, aún involuntariamente?

Y, dirigiéndose al primero que habló, cuyo hijo había muerto recientemente, le dijo:

-—¡Que tu hijo descanse en el seno de Dios! Pero, si le hubiera matado un sacerdote ¿podrías asistir a los oficios litúrgicos oficiados por este? En una pequeña aldea ocurrió esta situación, y el obispo, por necesidad, permitió que el sacerdote —homicida involuntario— siguiera ejecutando sus responsabilidades pastorales (como dije, en estos casos no existe la oikonomía). ¡No obstante, la gente comenzó a llamarle “el cura asesino”!

(Traducido de: Arhim. Epifanie Teodoropulos, Crâmpeie de viață, Editura Evanghelismos, București, 2003, p. 205-206)