Eso no es humildad, hermano
La verdadera humildad no habla, no pronuncia palabras “humildes”, como: “soy pecador, indigno, el último de todos”.
Cuando el hombre vive sin Dios, sin paz, sin confianza, sino con inquietud, con agitación, con tristeza y con desesperanza, termina enfermándose en el cuerpo y el alma.
La verdadera humildad no habla, no pronuncia palabras “humildes”, como: “soy pecador, indigno, el último de todos”. El humilde teme caer en la vanagloria precisamente por medio de esas palabras “humildes”. Allí no se acerca la Gracia de Dios. Por el contrario, la Gracia de Dios se encuentra allí donde hay una verdadera humildad, la humildad divina, la confianza perfecta en Dios, la dependencia de Él.
Tiene un gran valor dejarse guiar por Dios, no tener voluntad propia. El esclavo no tiene voluntad propia: hace lo que quiere su señor. Lo mismo el creyente, siervo de Dios. Te conviertes en siervo Suyo, pero en Dios encuentras la libertad. Esta es la verdadera libertad: arder de fervor por Dios. Eso es todo. Ya lo he dicho antes. Si te dejas vencer por Dios, te conviertes en siervo Suyo y vives en la libertad de los hijos de Dios: “…porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (II Pedro 2, 19).
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, p. 258)
