La dicha de tener un amigo verdadero

 

¡Cuánta alegría, cuánto bienestar y cuánta estabilidad nos ofrece un amigo verdadero! Ya puedes descubrir miles de tesoros, que nada podrá compararse con un amigo fiel.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

En verdad, un amigo fiel es un consuelo en esta vida. ¿Hay algo de lo que él no sea capaz por nosotros? ¡Cuánta alegría, cuánto bienestar y cuánta estabilidad nos ofrece un amigo verdadero! Ya puedes descubrir miles de tesoros, que nada podrá compararse con un amigo fiel. Veamos cuáles son esas alegrías que nos provoca la amistad. El solo hecho de ver a tu amigo te reviste el corazón de un estado de celebración y lo hace florecer. Te unes a él con un lazo que inunda tu alma de una felicidad indescriptible. Con sólo pensar en él, sientes que tu mente toma alas y tus pensamientos se elevan. Claro está, hablamos de esos amigos que nos demuestran su afecto con celo y abnegación. Hablamos de esos cuya amistad se enciende y nos ilumina como una llama… Si alguno de quienes me escuchan tiene un amigo así, sabrá que lo que digo es cierto. Y aunque viera a su amigo todos los días, no le será suficiente, porque querrá para él lo que quiere para sí mismo. Conozco a alguien que oraba pidiéndole a los santos por su amigo, y sólo después pedía por sus propias necesidades. Tan grande es el don de un amigo verdadero, que, por amor a él, sientes afecto también por ciertos lugares y momentos. Tal como un cuerpo hermoso o una flor elegida emanan un agradable aroma a su alrededor, así también nuestros amigos dejan algo de su encanto en los lugares por donde han pasado; así, cuando visitamos esos lugares, sin ellos, suspiramos y hasta lloramos, recordando los tiempos compartidos a su lado. No es posible describir la felicidad que representa el volver a encontrarnos con un amigo amado. Solamente quienes la han vivido son capaces de hablar de ella. Si un amigo nos ordena algo, le obedecemos. Si sufre, nos entristecemos. No hay nada de lo que tenemos que no le pertenezca también a él. Y, aunque despreciemos los bienes terrenales, por amor a nuestros amigos no quisiéramos partir de este mundo. Ciertamente, amamos más a nuestros amigos que a la luz del día…

(Traducido de. Sfântul Ioan Gură de Aur, Cuvinte alese, Editura Reîntregirea, pp. 41-42, Alba Iulia, 2002)