La humildad no se obtiene sino viviéndola

 

“De oídas” o leyendo sobre ella en libros religiosos, es imposible alcanzarla. 

Observemos la humildad de los santos… ¡cuánta santidad había en sus corazones! Cuando eran enviados por Dios a ayudar a los demás, siempre evitaban la ocasión de ser elogiados. Recordemos que Moisés le dijo a Dios, cuando fue llamado a librar al pueblo de la esclavitud de Egipto: “Señor, yo no tengo facilidad de palabra, ni anteriormente, ni desde que hablas a Tu siervo; soy tardo en el hablar y torpe de lengua” (era tartamudo). El profeta Jeremías dijo: “Soy demasiado joven para la misión que me estás encomendando, Señor”. Para decirlo con otras palabras, cada uno de los santos tenía esa humildad alcanzada con el cumplimiento de los mandamientos de Dios.

No es posible explicar cómo es que esa humildad nace en el corazón, porque es algo que se obtiene con las pruebas que enfrentamos, con nuestros actos. La humildad es algo que debe vivirse. Se trata, nada más, de humillarte verdadera y profundamente en el momento propicio. Así es como se llega a esta virtud. Pero “de oídas” o leyendo sobre ella en libros religiosos, es imposible alcanzarla. Si solamente nos limitamos a leer, terminaremos perdiendo lo que habíamos ganado con esfuerzo, y nos quedaremos vacíos y pobres, con nuestro orgullo y nuestra ignorancia de antes.

Cuando el abbá Agatón estaba por morir, sus discípulos le preguntaron al verlo agonizar: “Padre ¿le teme usted al juicio de Dios?”; y él respondió: “Cierto es que hice todo lo posible por cumplir con los mandamientos, pero no soy sino un humano… ¿cómo puedo saber si mi vida fue agradable a Dios? Porque una cosa es el juicio de Dios, y otra el de los hombres”. He aquí cómo, desde las páginas del Paterikón, un santo nos abre los ojos para que podamos entender algo del misterio de la humildad.

(Traducido de: Arhimandritul Sofian Boghiu, Smerenia si dragostea, insușirile trăirii ortodoxe, Editura Fundația româneacsă, București 2002, p. 18)