Palabras de espiritualidad

La libertad que Dios nos concede

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

¿Acaso la lectura del acatisto es como los impuestos, que se exigen rigurosamente a las personas y que, mientras no los paguen, no pueden estar tranquilas?

En cuanto a la lectura del acatisto, algunos preguntan: “Si no alcanzo a leerlo a la hora indicada, ¿puedo leerlo mientras estoy en el trabajo, sentado?”. A esto les responderé que no deben hacerlo así. ¿Acaso la lectura del acatisto es como los impuestos, que se exigen rigurosamente a las personas y que, mientras no los paguen, no pueden estar tranquilas? De ninguna manera: Dios quiere de nosotros libertad.

Si sucede que no cumplimos con la lectura a la hora establecida, arrepintámonos y considerémonos, cada uno de nosotros, con humildad, un deudor, pero sin turbarnos. Esto es mejor que leer el acatisto de cualquier manera y luego dejarnos llevar por el pensamiento de que ya cumplimos y, por tanto, ya no tenemos ninguna deuda, olvidándonos de la humildad. Porque sabemos que “un corazón contrito y humillado, Dios no lo despreciará” (Salmo 50, 18). Del mismo modo, la Madre de Dios recibirá nuestro deseo y el humilde reconocimiento de nuestra propia incapacidad mucho mejor que el cumplimiento del canon realizado en medio de la turbación.

Las dificultades y las circunstancias dolorosas por las que pasamos, que hieren nuestro corazón, no deben ser llevadas a la murmuración. En el camino de la vida son absolutamente necesarias, para que nuestra voluntad y nuestra libertad sean puestas a prueba. De nada nos servirá tener siempre abundancia de consuelo, ya sea espiritual o terrenal.

(Traducido de: Sfântul Macarie de la OptinaSfaturi pentru mireni, Editura Sophia, București, 2011, p. 14)

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