La oración en familia

 

Los fieles no deben olvidar que la falta de oración común en familia, impide que exista la “Iglesia en la casa”.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La familia, en su calidad de “Iglesia doméstica”, debe establecer una forma de oración común, para que todos sus miembros le pidan a Dios, los unos por los otros. La oración común en la familia se origina en las oraciones comunes de los padres y la habituación de los hijos a ellas.

Cuando el niño ora frente a los íconos, estando presentes sus padres, al menos uno de éstos debe poner atención a lo que está diciendo el pequeño, siguiendo en silencio cada una de sus palabras, de manera que la oración pueda completarse correctamente. Si se puede, al mismo tiempo los padres pueden orar también con su mente, para que la oración exterior y consciente del niño tome forma de oración fervorosa interior (con la mente y el corazón). En ningún caso es conveniente que los padres corrijan a los pequeños mientras estos oran.

Con el pasar de los años, despacito, los niños se iniciarán en las oraciones de sus padres. Así es como aparece la oración común, que no tiene por qué excluir las personales de cada miembro de la familia. En las condiciones de vida actuales, es más cómodo que la familia se junte para orar una vez al día, preferiblemente en la noche. La experiencia demuestra que es más difícil que todos se reúnan por la mañana. Se recomienda que sean los niños quienes lean las oraciones, al estar toda la familia junta

Los sucesos principales en la familia, así como las preocupaciones que puedan surgir, deben acompañarse siempre de esa oración común; se puede organizar incluso pequeños oficios, de esos que los laicos tienen permiso de realizar, en ausencia de un sacerdote. Estos usualmente constan en recitar algunas oraciones especialmente seleccionadas del Eucologio, correspondientes al suceso o a la aflicción respectiva.

El conjunto de oraciones comunes de la familia se compone del número de oraciones que se hacen, así como su orden (oraciones de la mañana, de la noche, etc.). La oración individual tiene lugar en el tiempo libre, porque es entonces cuando podemos repetir esas oraciones que sentimos que no recitamos diligentemente durante la oración común familiar. Sobre este aspecto escribieron San Juan Climaco, San Teófano el Recluta y el Metropolita Antonio de Surozh..

El hábito de la oración debe formarse, entonces, desde la edad más frágil. Cada edad, cada estado espiritual tiene su correspondiente forma de oración. Y es que la oración es el arte más refinado, cuya práctica requiere mucho trabajo en hacer humilde el corazón. Es deber del Padre Espiritual enseñarnos a orar correctamente, para que nuestras oraciones cumplan su propósito.

Los fieles no deben olvidar que la falta de oración común en familia, impide que exista la “Iglesia en la casa”. Esposos, ¡organicen esos momentos, en función de las viscitudes que aparezcan en su vida familiar! ¡Enseñen a sus hijos cómo orar!

(Traducido de: Gleb Kaleda, Biserica din casă, traducere de Lucia Ciornea, Editura Sophia, București, 2006, p. 178-180)

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