La Resurrección de Cristo, inicio de la vida eterna para la humanidad (Carta Pastoral de Su Beatitud Daniel, 2021)

 

Solamente Jesucristo Crucificado y Resucitado puede concederles a los hombres la salvación y la vida eterna. La vida de los cristianos que aman a Cristo es una Cruz o crucifixión del pecado, por medio de la oración, el arrepentimiento y el ayuno, pero también una demostración de la alegría de la Resurrección, con el perdón de los pecados y la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (Juan 6, 54), ya que la Santa Eucaristía es un adelanto de la vida eterna en el Reino de los Cielos.

† Daniel

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Bucarest, Metropolitano de Muntenia y Dobrogea, Lugarteniente del Trono de Cesárea de Capadocia y Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana.

Piadosísima comunidad monástica, muy venerable clero y cristianos ortodoxos de la Metropolía de Bucarest

Gracia, paz y alegría de nuestro Señor Jesucristo, y de parte nuestra, paternales bendiciones. 

¡Cristo ha resucitado!

Cristo es el Primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1, 18);
“Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (I Corintios 15, 20)

Piadosísimos y muy venerables Padres,
Amados fieles,

El Misterio de la Cruz y el Misterio de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo fueron anunciados por los profetas del Antiguo Testamento, y los Santos Apóstoles, los discípulos y los testigos de Cristo Crucificado y Resucitado los refrendaron como verdades redentoras y vivificadoras.

Ellos vieron cumplida la profecía de Isaísas, quien, cientos de años antes, inspirado por el Espíritu Santo y viendo espiritualmente y por anticipado los sufrimientos y heridas de Cristo Crucificado, dijo, resumiendo el misterio del lazo entre el Sacrificio y la Resurrección: “… por Sus llagas hemos sido sanados” (Isaías 53, 5).

Los Santos Apóstoles y los Evangelistas, conscientes de la importancia de la Pasión y la Resurrección de Cristo, anunciadas por Cristo Mismo “ante ellos”, transmitieron con fidelidad Sus palabras en cada uno de sus escritos. Así, después de la Resurrección, al recordar las palabras místicas de nuestro Señor Jesucristo, con las cuales hablaba de su Pasión, Muerte y Resurrección, los Apóstoles las interpretaron desde la perspectiva del “cumplimiento” de las Escrituras.

El hecho de que Jesús “resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Corintios 15, 4) revela no solamente una simple información cronológica, sino que también tiene un significado teológico.

En este sentido, el Santo Apóstol y Evangelista Mateo consigna las palabras proféticas de nuestro Señor Jesucristo: “De la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra” (Mateo 12, 40).

El Santo Evangelista Marcos asienta, de igual manera, las palabras de Jesús: “Desde entonces comenzó a declararles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, morir y resucitar al tercer día” (Marcos 8, 31).

El Santo Evangelista Lucas evoca la misma verdad revelada por Jesús: “De esto os hablaba cuando estaba todavía con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de Mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras. Y les dijo: Estaba escrito que el Mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día” (Lucas 24, 44-46; cf. 24, 6-7).

Y San Juan el Evangelista, después de hablar de manera alegórica sobre la destrucción y reconstrucción del templo en tres días, dice: “Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron Sus discípulos de que ya lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra de Jesús” (Juan 2, 22).

Así, la muerte y la Resurrección de Jesús nos son presentadas como la realización de un plan de Dios para que el mundo se salvara del pecado y de la muerte, un plan en el que la muerte de Jesús es aceptada libremente por Él.

Por eso, hallándose entre Sus discípulos y enseñándoles, Jesús les dijo: “El Padre me ama, porque Yo doy Mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy Yo por Mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla. Tal es el mandato que he recibido de Mi Padre” (Juan 10, 17-18).

El sentido de la muerte de Jesús como un sacrificio aceptado libremente o como la entrega de Sí Mismo para la vida del mundo, es expresado en la Liturgia eucarística ortodoxa con las palabras: “la noche en la cual (Jesús) fue vendido, o, mejor dicho, cuando Él Mismo se entregó para que el mundo tuviera vida […]” [1].

El Santo Evangelista Lucas nos relata que nuestro Señor Jesucristo, después de haber Resucitado de entre los muertos, viajó con dos de Sus discípulos en el camino de Emaús, y les explicó lo que habían anunciado las Santas Escrituras sobre Su Muerte y Resurrección (Lucas 24, 13-32).

A partir de la forma en que Jesús les explica a esos dos discípulos la Santa Escritura, entendemos que Dios tiene un plan para la salvación del mundo, para librarlo del pecado y de la muerte. Y este plan se materializará por medio de Su Hijo Eterno, Quien se hizo Hombre para la salvación de la humanidad entera (Lucas 24, 46; I Corintios 15, 20-25).

Por esta razón, la Iglesia Ortodoxa considera que la Persona de Jeuscristo, el Hijo Eterno y Palabra eterna de Dios, es el centro espiritual en el cual convergen los libros del Antiguo Testamento escritos por Moisés, los Profetas y el Salmista, de tal manera viene a asumir un carácter pedagógico o de guía hacia Cristo, como dice el Santo Apóstol Pablo (Gálatas 3, 24).

Amados hijos e hijas espirituales,

En los Hechos de los Apóstoles encontramos que, después de Su Resurrección de entre los muertos, Jesús se les apareció varias veces a Sus discípulos, durante cuarenta días, hasta el de Su Ascensión al Cielo, para hablarles “del Reino de Dios” (Hechos 1, 3).

El hecho de que, cuarenta días después de Su Resurrección de entre los muertos, nuestro Señor se apareció muchas veces ante Sus discípulos y otras personas, tiene un significado especial, ya que el número cuarenta tiene una profunda connotación en la Santa Escritura.

El venerable Agustín de Hipona hace una analogía entre el motivo por el cual Cristo ayunó durante cuarenta días antes de empezar Su actividad mesiánica, y por qué durante cuarenta días se les apareció en repetidas ocasiones a Sus discípulos, después de Su Resurrección: “Cristo el Señor ayunó durante cuarenta días (cf. Mateo 4, 2), tal como lo hiciera Elías (cf. III Reyes 19, 8) y el profeta Moisés, quien representa a la Ley (cf. Éxodo 34, 28); de igual manera, durante cuarenta días flotó sobre las aguas del diluvio el Arca de Noé (cf. Génesis 8, 20), que simboliza a la Iglesia. Asimismo, durante cuarenta días después de Su Resurrección, nuestro Señor Jesucristo se les apareció a Sus Apóstoles, comiendo y bebiendo con ellos (cf. Hechos 10, 40-41; Lucas 24, 43), no porque tuviera la necesidad de hacerlo, sino para demostrarles la realidad de Su Resurrección, para que creyeran que Él había resucitado en el mismo cuerpo con el cual fue crucificado” [2].

Amados hermanos y hermanas, 

Los Santos Evangelios nos enseñan que la vida del Señor Jesucristo Resucitado de entre los muertos no es un simple regreso a la vida de antes entre los hombres, sino a una vida diferente. Con Su cuerpo resucitado, Él pasa entre las puertas que estaban cerradas con llave (cf. Juan 20, 19), se muestra ante Sus discípulos, les habla y después desaparece. Los discípulos constatan que, aun después de Su Resurrección, Jesús conserva las marcas de los clavos y de la lanza usados en Su Crucifixión (cf. Juan 20, 19).

En este sentido, San Juan Crisóstomo dice que Cristo se mostró ante Sus discípulos con Su cuerpo marcado por las heridas de la Crucifixión, “para que creyeran en Su Resurrección, y para que los Apóstoles entendieran que Él Mismo era el Crucificado y que no había resucitado alguien más en Su lugar[3].

Sin embargo, aunque durante cuarenta días Jesús Resucitado se les aparece a Sus discípulos y a otras personas, Él ya no vive una vida terrenal, sino una vida celestial y eterna, en una libertad total ante los determinismos y límites del espacio y el tiempo. Nadie y nada de esta vida terrenal puede ya retenerlo ni tocarlo, ni siquiera con la mirada, solamente si Él se lo permite, en el momento y la forma que Él Mismo quiere.

Jesús Crucificado no muere más, porque es eternamente vivo: “desde ahora, la muerte no tiene poder sobre Él”, como dice el Santo Apóstol Pablo (Romanos 6, 9).

A su vez, San Juan Crisóstomo precisa que, después de Su resurrección, “Jesús se encontró solamente con Sus Apóstoles” (cf. Hechos 1, 4), y por eso es que les dijo antes de Su Pasión: “Dentro de poco el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis” (Juan 14, 19).

Del mismo modo, los milagros que realiza Jesús después de Su Resurrección son obrados solamente “ante Sus discípulos” (Juan 20, 30). Porque, “tal como antes de la Resurrección Jesucristo debió realizar muchos milagros para que los discípulos tuvieran la certeza de que Él es el Hijo de Dios, así también, después de la Resurrección, (Él hizo milagros) para que creyeran que había resucitado[4].

Apareciéndose después de Su Resurrección de entre los muertos, nuestro Señor Jesucristo les ofrece a Sus discípulos un sólido convencimiento, mismo que habría de prepararlos para convertirse en decididos testigos Suyos en el mundo.

Jesús hace que Sus discípulos entiendan el hecho de que Su Pasión, Muerte y Resurreción constituyen la consumación de las Escrituras, y que estaban previstas en el plan eterno de Dios para la salvación del mundo. Con esto, Sus discípulos serán enviados a anunciarle al mundo el Evangelio de la salvación y la vida eterna.

Antes de resucitar a Su amigo Lázaro de Betania, Jesús le dice a hermana de este (Marta): “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá(Juan 11, 25).

En otra parte, Jesús dice: “Os aseguro que el que escucha Mis palabras y cree en Aquel que me ha enviado tiene vida eterna y no será condenado, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5, 24; cf. Juan 5, 25, 28 y 29).

En consecuencia, entendemos que solamente Jesucristo Crucificado y Resucitado puede concederles a los hombres la salvación y la vida eterna.

En este sentido, la vida de los cristianos que aman a Cristo es una Cruz o crucifixión del pecado, por medio de la oración, el arrepentimiento y el ayuno, pero también una demostración de la alegría de la Resurrección, con el perdón de los pecados y la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Juan 6, 54), ya que la Santa Eucaristía es un adelanto de la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Para los cristianos, cada semana empieza con el Día de la Resurrección del Señor (Domingo), día en el cual los cristianos exclaman: “¡He aquí que la Cruz trajo regocijo a todo el mundo!”, y el último artículo del Credo ortodoxo muestra el propósito último de la vida cristiana: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

Cristianos ortodoxos,

Atravesamos un período extremadamente difícil en lo que respecta a la salud y el valor de la vida, cuando muchos de nuestros hermanos están enfrentando los efectos de la nueva epidemia, que tanto se ha extendido a nivel mundial. En este período se necesita aún más de la oración y del auxilio fraterno, de la cercanía con Dios y la solidaridad práctica entre las personas.

Lo que sucede en estos tiempos nos recuerda cuán frágil es la vida del hombre en este mundo, y la gran necesidad que tenemos de guardar un vínculo permanente con Dios, Quien es la Fuente de la vida terrenal y de la vida celestial y eterna.

Este período de crisis sanitaria puede ser transformado en uno de fortalecimiento en la fe, especialmente por medio de la oración y el crecimiento de nuestro amor para con aquellos que sufren.

Al mismo tiempo, la crisis causada por la pandemia nos insta a apreciar nuestra vida y nuestra salud, al igual que la vida y la salud de nuestros semejantes, como dones que hemos recibido de Dios, y a los cuales debemos proteger con mucha responsabilidad espiritual y sanitaria.

El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rumana declaró el año 2021 como “Año de homenaje al trabajo pastoral con los rumanos en el exteriory “Año conmemorativo de los que descansan en el Señor - Valor litúrgico y cultural de los cementerios”.

En este sentido, estamos llamados a cultivar con más intensidad la comunión fraterna con nuestros connacionales que viven fuera de las fronteras de Rumanía y con aquellos que forman parte de la diáspora rumana.

En lo que respecta a los cementerios ortodoxos rumanos, es importante recordar que son lugares de recogimiento y peregrinación; en ellos se hallan las sepulturas de nuestros abuelos y nuestros padres, así como los mausoleos y monumentos funerarios de las grandes personalidades del país, hombres de cultura, de arte y de ciencia; también debemos mencionar los sepulcros y los monumentos dedicados a los héroes que se sacrificaron por la unidad, la libertad y la dignidad de nuestro pueblo, los de los héroes de la revolución rumana de diciembre de 1989,  y también los de los mártires que dieron testimonio de Cristo el Señor en las cárceles del régimen comunista totalitario.

La memoria de nuestros difuntos, con oración y agradecimiento, no es solamente un deber moral de todos nosotros, sino también un acto de salud espiritual para el alma, porque solamente la oración y la gratitud conforman relaciones vivas entre las almas, en una comunión espiritual más fuerte que la muerte física del cuerpo.

¡Deseamos que la Santa Fiesta de la Pascua traiga para todos los rumanos mucha salud y paz, alegría y esperanza! Con amor paterno, nuestros saludos pascuales para todos: ¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Suyo en Cristo el Señor, orando con ustedes y deseándoles todo bien,

† Daniel
Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana

 

Notas:

[1] Liturghia Sfântului Ioan Gură de Aur ⁅Liturgia de San Juan Crisóstomo⁆, în Liturghier, Editura Institutului Biblic şi de Misiune Ortodoxă, Bucarest, 2012, p. 173.
[2] Agustín de Hipona, „Predici la marile sărbători” ⁅Homilías para las fiestas mayores⁆, vol. 1, colecția Părinţi şi Scriitori Bisericeşti, serie nouă, 13, Editura BASILICA a Patriarhiei Române, Bucarest, 2014, p. 373.
[3] San Juan Crisóstomo, „Omilii la Evanghelia după Ioan” ⁅Homilías sobre el Evangelio según San Juan⁆, vol. 2, colecția Părinţi şi Scriitori Bisericeşti, serie nouă, 18, Editura BASILICA a Patriarhiei Române, Bucarest, 2019, p. 435.
[4] San Juan Crisóstomo, „Omilii la Evanghelia după Ioan” ⁅Homilías sobre el Evangelio según San Juan⁆, p. 435-436.