La Resurrección de Cristo, victoria sobre la muerte (Carta Pastoral, 2020)

 

Nuestra oración a Cristo el Señor debe buscar alcanzar el coraje redentor en las tribulaciones que nos acechan. El pánico, el miedo excesivo y la desesperanza no tienen lugar en el corazón de aquel que tiene a Dios «Camino, Verdad y Vida».

† TEÓFANO

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Iaşi y Metropolitano de Moldova y Bucovina.

Amados párrocos, piadosos moradores de los santos monasterios y pueblo ortodoxo de Dios,

del Arzobispado de Iaşi:

 

Gracia, alegría, perdón y auxilio del Dios glorificado en Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

«Celebramos la muerte de la muerte, la desolación del infierno y el comienzo de una nueva vida, eterna»

Amados hermanos sacerdotes, amado pueblo de Dios del Arzobispado de Iași,

¡Venid y recibid la luz! ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Palabras grandes, palabras de oro. ¡Cuánta luz traen a la oscuridad que hay en nosotros y entre nosotros!

Este año escuchamos el testimonio de estas palabras desde lugares diferentes. Los sacerdotes, en la iglesia, y los fieles, en sus casas. En espíritu, intentamos estar juntos y entender las señales de los tiempos. ¡Constatamos, en primer lugar, cuánto nos ha llenado el miedo a la muerte, especialmente en el último período! Vivimos intensamente el temor de no contagiarnos de algo que podría enfermarnos y llevarnos a la muerte. Más allá de todas las acciones justificadas con respecto a la prevención, nuestra actitud demuestra cuán pequeña es nuestra fe en la Resurrección. Nos comportamos como si la vida de aquí fuera eterna. Por otra parte, nuestra intranquilidad evidencia la duda que nos corroe, en relación con la certidumbre de la vida después de la muerte.

Estamos viviendo unos tiempos de criba. Muchas cosas se van clarificando. Las aguas se separan las unas de las otras, y lo que hay en muchos corazones se manifiesta abiertamente.  Nos mantenemos escondidos, por temor a no ser contaminados, tal como los discípulos del Señor permanecían encerrados para que no los descubrieran.

Hoy, como entonces, Cristo Dios viene entre nosotros los dubitativos, asustados y temerosos, diciéndonos: «¡Paz a vosotros!» (1); «¡Soy Yo, no temáis!» (2); «¡Ánimo, Yo he vencido al mundo!» (3); «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá» (4).

En medio de la angustia, el desasosiego y la falta de luz, se nos muestra Cristo muerto y resucitado. Hasta nuestro infierno interior, que está lleno de temor, tinieblas y falta de sentido, Cristo Dios desciende, nos toma de la mano y nos alza a la luz: «Venid a Mí», dice Él, «todos los que estáis fatigados y agobiados, y Yo os haré descansar» (5).

Amados fieles,

La difícil situación que enfrentamos no es algo completamente nuevo. A lo largo de la historia, se han vivido muchos momentos de confusión, incertidumbre y caos. Ha habido invasiones y guerras, terremotos y maremotos, pestes y toda clase de enfermededades desconocidas. Ante semejantes situaciones, los hombres han tenido actitudes diferentes.

Los que no tenían a Dios en sus vidas, cayeron abatidos por el temor, la intranquilidad y el pavor. Y fue de ellos que habló nuestro Señor Jesucristo, al decir: «Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo» (6).

Las mismas desgracias y tentaciones venían también sobre los creyentes. Pero, por su fe en la Resurrección de Cristo, estos no se agitaban con tanta fuerza. La vida a la luz de la Resurrección les daba los bríos necesarios para no ceder ante su propio sufrimiento o el de los demás. Aunque caían, tenían la fuerza para levantarse y continuar su camino. La fe en Cristo los resucitaba y, gracias a esta verdad, confiaban que su vida no se terminaba en este mundo.

El cristiano verdadero es un hombre de la Resurrección. Aunque sea testigo de toda clase de sufrimientos, epidemias y agitaciones en el mundo, tanto en su propia vida como en su propia familia, él no se deja abrumar por nada de esto. Se inquieta, sí, porque como hombre tiene debilidades. También tiene momentos de duda, viendo las olas abalanzándose sobre él. Se sobresalta, pero clama con las mismas palabras del Santo Apóstol Pedro: «¡Sálvame, Señor!» (7). Y el Señor, en el momento propicio, no tarda en aparecer.

Al mismo tiempo, el cristiano no tiene una actitud pasiva o resignada ante las tragedias del mundo. Él lucha en contra de estas, busca cómo apartarlas y cómo llevar consuelo a sus semejantes sometidos a duras tribulaciones. Su temor más grande es no caer en la desesperación. La fe en Dios, un espíritu humilde y mucho amor le ayudan a que finalmente no le falte la esperanza. Él testifica: «El Padre es mi esperanza, el Hijo mi refugio, el Espíritu Santo mi protección» (8).

De igual forma, el Salterio es de gran auxilio para el cristiano: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién podré temer? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿ante quién puedo temblar?», dice él (9). «Aunque vaya por un valle tenebroso, no tengo miedo a nada, porque Tú estás conmigo» (10). Sojuzgado por la enfermedad o rodeado de enemigos, el creyente tiene la convicción de que Dios no lo abandonará, porque también el ha tenido un corazón compasivo para con su semejante golpeado por el dolor: «Feliz el que se ocupa del débil y del pobre: el Señor lo librará en el momento del peligro. El Señor lo protegerá y le dará larga vida, lo hará dichoso en la tierra y no lo entregará a la avidez de sus enemigos. El Señor lo sostendrá en su lecho de dolor y le devolverá la salud. Yo dije: “Ten piedad de mí, Señor, sáname, porque pequé contra ti”», repite al leer el Salterio (11).

La Santa Eucaristía sitúa al hombre en la más poderosa relación con Dios, ofreciéndole «el remedio de la inmortalidad, el medicamento para no morir, sino vivir eternamente en Jesucristo» (12). La comunión con el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor crea en la mente, en el corazón y en el cuerpo del cristiano humilde, el camino para dejar atrás el cúmulo de debilidades propias o colectivas. ¿Cómo es posible esto? Nos lo dice el Señor: «El que come Mi carne y bebe Mi sangre, tiene vida eterna, y Yo le resucitaré el último día» (13). Y aunque el hombre no sane de alguna enfermedad física o de cualquier otra aflicción, por el poder de Dios en la Santa Comunión, él recibe la fuerza de la paciencia, carga con más facilidad su cruz y no pierde la esperanza. Él cree en la Resurrección, y creer en la Resurrección significa no temerle a la muerte.

Durante este Gran Ayuno, los cristianos laicos se vieron privados de una participación concreta en la Divina Liturgia. Ha sido, ciertamente, una prueba muy difícil, misma que esperamos dejar atrás lo antes posible. Cuando esta epidemia mortal pase, volveremos a nuestras iglesias, nos confesaremos con mayor frecuencia y comulgaremos con la Divina Eucaristía.

Cristianos ortodoxos,

La fe en la Resurrección de Cristo y la fe en nuestra propia resurrección constituyen el principio, la mitad y el final del camino de un cristiano verdadero. Sin resurrección nada tiene sentido. La vida y la muerte pierden cualquier atisbo de luz. Solamente la resurrección lleva al hombre al regocijo, la paz y el contento espiritual. «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe... Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, siendo el primero y primicia de los que se durmieron» (14).

Para alcanzar la certidumbre de la resurrección, el cristiano está llamado a pasar por la cruz, por la resurrección, por un humilde sentido de la contrición. «Porque si hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante» (15). Ser injertados en Cristo significa alcanzar Su “mente” (16). La mente de Cristo lleva al hombre al estado de entender correctamente su camino de vida y el del mundo. Con esto, el hombre no se aterra irremediablemente ante la muerte, ni pisa cadáveres para salvar la vida propia. Al contrario, lucha por no caer en la desesperanza, se levanta si ha caído, ora para recibir el don del amor a todos, perdona, ayuda y agradece.

Un hombre así puede ser llamado “hijo de la resurrección”. Aún rodeado por la muerte él es un hombre resucitado, un alma resucitada, un corazón sin muerte, una mente verdaderamente cristiana y ortodoxa. Nuestra oración a Cristo el Señor debe buscar alcanzar el coraje redentor en las tribulaciones que nos acechan. Entonces, el pánico, el miedo excesivo y la desesperanza no tienen lugar en el corazón de aquel que tiene a Dios «Camino, Verdad y Vida» (17). Y no hay momento más adecuado que la Santa Pascua para el testimonio de esta Luz viva y liberadora.

¡Que Dios nos abrace a todos con Su amor! Que Él nos perdone todo pecado, toda falta de fe, toda cortedad de alma y también por nuestra pérdida de la templanza, de lo cual a menudo damos muestra. ¡Que la Luz de la Resurrección de Cristo nos estreche a todos en Sus brazos! Y, llenos del consuelo y la paz de esta Luz, que podamos dar testimonio a todos, vivos y muertos, de que «¡Cristo resucitó de entre los muertos, pisoteando la muerte con la muerte, y otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros!».

¡Que todos tengan una santa Fiesta de la Pascua, con mucha esperanza en Dios!

Su hermano y padre en Cristo,

† TEÓFANO

Metropolitano de Moldova y Bucovina

 

Notas bibliográficas

  1. Juan 20, 19.
  2. Mateo 14, 27.
  3. Juan 16, 33.
  4. Juan 11, 25.
  5. Mateo 11, 28.
  6. Lucas 21, 26.
  7. Mateo 14, 30.
  8. Oración de San Joanicio.
  9. Salmos 26, 1-2.
  10. Salmos 22, 4.
  11. Salmos 40, 1-4.
  12. San Ignacio el Teóforo., „Epistola către Efeseni” [Carta a los Efesios], XX, 2, în Scrierile Părinţilor Apostolici, col. „Părinţi şi Scriitori Bisericeşti”, vol. 1, traducere, note şi indici de Pr. Dumitru Fecioru, Editura Institutului Biblic şi de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 1979, p. 164.
  13. Juan 6, 54.
  14. I Corintios 15, 13-14.20.
  15. Romanos 6, 5.
  16. I Corintios 2, 16.
  17. Juan 14, 6.