La verdadera humildad se viste con una sencilla túnica

 

La humildad que proviene de la Gracia es invisible, tal como invisible es su Dador, Dios. La humildad auténtica está revestida por el silencio, la sencillez, la franqueza, la espontaneidad, la libertad.

La falsa humildad ciega al hombre de una forma tan terrible, que no sólo lo empuja a creer que es humilde en verdad y a querer demostrárselo a todos, sino que también lo apremia a proclamarlo “a los cuatro vientos”. ¡Cómo se burla de nosotros la mentira, cuando, embelesados por ella, la creemos el único criterio de verdad!

La humildad que proviene de la Gracia es invisible, tal como invisible es su Dador, Dios. La humildad auténtica está revestida por el silencio, la sencillez, la franqueza, la espontaneidad, la libertad.

La falsa humildad tiene siempre un aspecto artificial que la hace fácil de reconocer. La falsa humildad ama crear escenas. Así es como se engaña una y otra vez.

La humildad de Cristo está vestida con una modesta túnica (Juan 19, 23), con un atuendo de lo más sencillo. Cubierta así, pasa desapercibida ante los hombres. La humildad es un tesoro del corazón, una cualidad santa e inefable, un impulso divino que brota silenciosamente en el corazón, a partir del cumplimiento de los mandamientos evangélicos, como dice el abbá Doroteo.

(Traducido de: Sfântul Ignatie BriancianinovDespre înșelare, Editura Egumenița, Galați, 2010, p. 113)