Palabras de espiritualidad

La vida como una escuela de la virtud. El ejemplo del padre Damián Țâru

  • Foto: Oana Nechifor

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Las virtudes más grandes que vi en él fueron estas: la austeridad, el silencio, la quietud, la oración incesante, el ayuno, la lectura de los libros santos, la vigilia, la paciencia en la enfermedad y la humildad total...”

Un día, su discípulo le preguntó:

—Padre Damián, sé que antes comulgaba con menos frecuencia. Ahora observo que comulga semanalmente. ¿Cómo es mejor comulgar?

—Si los padres del monasterio no se escandalizaran —respondió el anciano—, comulgaría todos los días. Sin embargo, he elegido el camino del medio: una vez por semana. Cuando era más joven, me hallaba en plena lucha y no me atrevía a unirme a Cristo con mayor frecuencia. Ahora, en la vejez, siento en mi corazón una gran paz y alegría espiritual. Por eso deseo unirme lo más a menudo posible al Cuerpo y la Sangre del Señor.

En otra ocasión, el discípulo le preguntó:

—¿Cómo está, padre Damián?

—Padre Nicodemo, reflexiono sobre la muerte. El pensamiento de la muerte me domina cada vez más. Pero me entristece no estar preparado.

Decía su discípulo que el anciano había alcanzado en los últimos años una gran paz espiritual. Su corazón era puro como el de un niño, su rostro irradiaba una alegría indescriptible, y su cuerpo, fatigado por la ascesis, ya no deseaba nada: ni descanso, ni comida, ni vestido. Cuando se le traía la comida, respondía:

—Padre, ¿pero acaso no he comido? ¿Hasta cuándo tengo que comer? Desde hace más de setenta años se me han gastado los dientes de tanto comer.

Poco antes de partida, el discípulo le preguntó:

—¿Cómo se siente ahora, padre Damián?

—Padre Nicodemo, desde que era joven he estado esperando que la muerte venga a por mí. Pero no sé por qué se demora tanto.

—No, padre Damián, yo le ruego a Dios que siga viviendo.

—Ay, padre, ¡qué gran don es la muerte! ¡Y qué castigo sería para el hombre si no muriera!... La tierra se convertiría en una prisión para él.

Años después, el padre Nicodemo diría esto de su maestro:

—Si en en esta vida he obtenido un verdadero provecho espiritual de alguien, sin duda ha sido del padre Damián. El anciano me fortalecía espiritualmente con solo verlo. Oraba sin cesar, trabajaba continuamente con sus manos, y siempre guardaba silencio. Las virtudes más grandes que vi en él fueron estas: la austeridad, el silencio, la quietud, la oración incesante, el ayuno, la lectura de los libros santos, la vigilia, la paciencia en la enfermedad y la humildad total.

(Traducido de: Arhimandritul Ioanichie Bălan, Patericul românesc, Editura Mănăstirea Sihăstria, pp. 624-625)

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