Los males de nuestro hombre “viejo”
Cada vez que se interrumpe la relación con Él, es como si se levantara un muro de separación entre uno mismo y Dios.
El hombre que se aleja de Dios se causa a sí mismo un gran daño. Si el hombre llegara a conocer su fealdad interior, no correría tras bellezas exteriores. Su alma lleva dentro muchas manchas, pero él no sabe qué miseria espiritual carga consigo.
Nuestro hombre “viejo” es un mal inquilino dentro de nosotros y, para que se vaya, es necesario primero derribar la casa y comenzar a reconstruirla, para que aparezca el hombre nuevo.
Cuando el hombre sigue solamente su propia voluntad y no limpia su conciencia, esta va acumulando poco a poco toda clase de basura y se vuelve insensible. Así, peca y siente como si nada hubiera sucedido. Si la persona no se esfuerza por conocer a su hombre “viejo”, para que al ver su fealdad humille su naturaleza, la humildad no podrá llegar a ser su estado permanente, y el don de la Gracia Divina no podrá permanecer con él.
El hombre que peca mucho también posee un gran “material” para la humildad, y esa humildad atrae la Gracia Divina. Basta con que evite en adelante los pretextos y las excusas, para poder conservarla. Por medio de la confesión, el hombre echa de su interior todo lo que es inútil y empieza a dar frutos espirituales. Desde el momento en que el hombre justifica lo que no es justificable, se aparta de Dios y de la Gracia Divina. Entonces aparece la separación entre el hombre y Dios; y cada vez que se interrumpe la relación con Él, es como si se levantara un muro de separación entre uno mismo y Dios.
(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Mica Filocalie, Editura Egumeniţa, 2009, pp. 35-36)
