Memoria de un acontecimiento extraordinario ocurrido un 1 de octubre
A comienzos de octubre, la Iglesia nos presenta un acontecimiento verdaderamente extraordinario: la aparición de la Madre de Dios en la iglesia de Blaquerna, una localidad situada en las afueras de Constantinopla.
1 de octubre del año 911. Aprovechando que el emperador León el Sabio había partido hacía algún tiempo con su ejército para defender las fronteras, los bárbaros llegaron hasta las proximidades de las murallas de la ciudad. Los habitantes corrían por las calles buscando refugio y llevaban consigo también a quienes habían venido desde lugares lejanos al Monasterio de la Madre de Dios.
Los escritos de la Iglesia nos dan testimonio de aquel momento extraordinario: San Andrés, el Loco por Cristo, junto con su discípulo, el bienaventurado Epifanio, levantaron la mirada y vieron a la Reina del Cielo, a la Santísima Virgen y Madre de Dios, de pie en el aire y orando con lágrimas por el mundo.
La Virgen resplandecía con una luz semejante a la del sol y cubría al pueblo con su venerable manto. Junto a ella estaban las huestes celestiales y una multitud de santos vestidos de blanco, que permanecían alrededor de ella. Entre ellos había dos que sobresalían de manera especial: San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Al contemplar aquello, San Andrés le dijo a su discípulo:
“¿Acaso ves, hermano, a la Reina y Señora de todos, que está orando por el mundo entero?”.
Y él le respondió:
“La veo, santo padre, y me maravillo, porque la veo cubriendo con su venerable manto, que resplandece más que el sol, a las personas que se encuentran en el santo templo”.
Según el Sinaxario del Menaion y la Crónica eslava de Néstor, ambos escucharon las palabras humildes de su oración dirigida a su amado Hijo y Dios nuestro, Jesucristo: “Rey celestial, recibe a todo aquel que te glorifica y que invoca en todo lugar Tu santísimo Nombre. Y allí donde se haga memoria de mi nombre, santifica aquel lugar y glorifica a quienes te glorifican, y recibe las oraciones de aquellos que con amor me honran, a mí, Tu Madre; acepta sus promesas y líbralos de todas las necesidades y de todo mal”.
Desde aquel día, año tras año, la Iglesia Ortodoxa celebra a la Madre de Dios con vigilias y oraciones, en memoria de este milagro. Demos también nosotros gracias a Dios, como los peregrinos de Blaquerna, porque tenemos a la Madre de Dios como intercesora para nuestro bien, y no olvidemos que “lo que Dios puede hacer con Su poder, la Madre de Dios lo puede con su oración”.
