Nada impuro podrá entrar al Reino de Dios
Todo ser humano es concebido y nace en pecado. La Sagrada Escritura nos muestra que el pecado trae la muerte (Santiago 1, 15) y que nada impuro entrará en el Reino de Dios.
¿Puede alguien salvarse sin un padre espiritual y sin confesión?
—No. Nadie puede salvarse, ni los laicos, ni los monjes, ni los sacerdotes, sin confesar sus pecados y sin recibir la absolución del padre espiritual, conforme a la Palabra del Señor, que dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Juan 20, 23). Y en otro lugar: “Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 18, 18).
Por tanto, ¿cómo podrá entrar alguien en el Reino de los Cielos si no ha sido absuelto en la tierra de sus pecados? Pues este poder fue concedido únicamente a los elegidos, es decir, a los apóstoles, a los obispos y a los sacerdotes, y no a los laicos.
Todos debemos tener nuestro propio padre espiritual y confesarnos regularmente, incluso aquellos que creen que no tienen pecados.
Así nos lo enseña el Santo Apóstol y Evangelista Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos perdona los pecados y nos limpia de toda injusticia” (I Juan 1, 8-9). Y San Simeón de Tesalónica dice: “Todos debemos arrepentirnos, tanto los laicos como los monjes, los sacerdotes y los obispos. Todos tenemos que arrepentirnos (confesarnos) para salvarnos” (Tratado sobre todos los dogmas, cap. 251, Sobre el Sacramento de la Penitencia). Sin confesión, nadie puede salvarse, porque “todos cometemos muchas faltas” (Santiago 3, 2). Todo ser humano es concebido y nace en pecado. La Sagrada Escritura nos muestra que el pecado trae la muerte (Santiago 1, 15) y que nada impuro entrará en el Reino de Dios.
Por eso, recordemos que “el pecado es la transgresión de la Ley de Dios, y es abominación e impureza delante de Él”, y que la ira del Señor viene sobre los malos y pecadores que mueren sin haberse confesado y sin arrepentimiento. Los pecadores, mediante la confesión y el arrepentimiento, apartan de sí la justa ira de Dios y alcanzan la salvación de sus almas.
(Traducido de: Ne vorbește Părintele Cleopa 4, Ediția a II-a, Ediție îngrijită de Arhimandrit Ioanichie Bălan, Editura Mănăstirea Sihăstria, Vânători-Neamț, 2004, pp. 109-111)
