¡No hay nada oculto para Ti, Señor!
Nada puede ocultarse de Él, ni siquiera el más sutil movimiento del corazón, pues el Señor es Juez de todas estas cosas.
Grande es para nosotros la lucha contra el espíritu de la lujuria; es un combate terrible y doble, pues se libra tanto en el alma como en el cuerpo. Por eso debemos esforzarnos siempre con firmeza, vigilancia y sobriedad espiritual para guardar nuestro corazón de este pensamiento. Y más aún durante cuando participamos de los oficios litúrgicos, cuando deseamos participar de la santificación, porque entonces el enemigo se empeña de todos los modos en mancillar nuestra conciencia.
Y cuando estos pensamientos nos asalten, conviene tener temor de Dios y recordar que nada puede ocultarse de Él, ni siquiera el más sutil movimiento del corazón, pues el Señor es Juez de todas estas cosas. Recordemos también la promesa que hemos confesado delante de los ángeles y de los hombres: vivir en castidad y pureza. Y la castidad y la pureza no consisten solamente en la conducta exterior, sino en que el hombre interior del corazón permanezca limpio de pensamientos impuros. Esto es lo que tiene gran valor y es amado por Dios.
(Traducido de: Sfântul Nil Sorski, Cuvinte duhovnicești, Editura Pelerinul român, Oradea, p. 163)
