¡No pretendamos santificarnos persiguiendo el mal!
Caminemos, pues, hacia Cristo, y Él vendrá de inmediato. Y de inmediato obrará Su gracia.
No nos haremos santos persiguiendo el mal. Dejemos el mal. Volvamos la mirada hacia Cristo, y Él nos salvará. En lugar de quedarnos fuera de la puerta expulsando al mal, mejor ignorémoslo, no le prestemos atención. ¿Nos embiste el mal? Dediquemos toda nuestra fuerza interior al bien, es decir, a Cristo. Oremos: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Él sabe cómo apiadarse de todos, de qué modo hacerlo. Y cuando nos llenamos del bien, ya no nos volvemos hacia el mal. Y, por la acción de la Gracia de Dios, nos hacemos buenos. ¿Dónde encontrará entonces lugar el mal? ¡Se disipa!
Todo es posible con Cristo. ¿Dónde han quedado el esfuerzo y la lucha por hacernos buenos? ¡Pero si todo esto es más simple de lo que pensamos! Llamemos a Dios y Él transformará todo para bien. Si le entregamos nuestro corazón, no quedará lugar para lo demás. Cuando nos revistamos de Cristo, ya no tendremos que hacer ningún esfuerzo por la virtud, porque Él mismo nos la dará. ¿Nos asaltan el miedo y el desaliento? Volvamos a Cristo. Amémoslo de forma simple, humilde, sin pretensiones, y Él mismo nos librará. Volvamos a Cristo y digamos con humildad y esperanza, como el Apóstol Pablo: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7,24). Caminemos, pues, hacia Cristo, y Él vendrá de inmediato. Y de inmediato obrará Su gracia.
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, p. 229)
