Nuestra sed del agua viva
Nuestro deber es orar por los segadores, por aquellos que siegan con la hoz de la fe, por los que cosechan con amor y esperanza.
Nos asustamos cuando vemos los pecados que se cometen, esa persuasión continua que los medios de comunicación, la escuela y la educación ejercen sobre los niños y los jóvenes, haciéndoles creer que el pecado no existe, que todo está permitido… Este es un ardid del demonio, que quiere convencernos de que él no existe. Esa es su mayor astucia: infiltrarse en todo lo de este mundo.
Nada puede apagar en el hombre el deseo de algo mejor, la sed de agua viva. Como aquella mujer que ya no quería volver a tener sed ni regresar otra vez al pozo. Así también deseamos nosotros que la gente pruebe, así sea una vez, el agua viva que da el cristianismo, y que ya no vuelva a tener sed; que no vaya más al mundo, a los pozos de donde se saca agua con un recipiente atado a una cuerda, sino que reciba esta agua de una vez y para siempre, que conozca la verdad en Jesucristo.
Nuestro pueblo está listo para la cosecha. Dios sembró en este pueblo la semilla de la fe, y ha dado fruto, aunque la espiga todavía no esté bien formada y quizás produzca solo treinta o sesenta granos. Pero nuestro deber es orar por los segadores, por aquellos que siegan con la hoz de la fe, por los que cosechan con amor y esperanza.
(Traducido de: Părintele Cheorghe Calciu, Cuvinte vii, ediție îngrijită la Mănăstirea Diaconești, Editura Bonifaciu, 2009, p. 98)
