Otra prueba de que el orgullo nos quita la paz

 

Ante Dios es más agradable un pecador humilde y contrito, que un justo orgulloso e impenitente.

«En tus cartas me preguntas por qué, cuando lees los textos de los Santos Padres, tu corazón se inflama con el deseo de avanzar espiritualmente; pero, cuando escuchas que entre los laicos hay personas con una vida espiritual llena de virtud, te llenas de tristeza y pierdes, de alguna forma, la esperanza de crecer. Me parece que esto es porque te consideras inferior a la vida monacal, pero superior a los laicos. Toda esa intranquilidad es la manifestación de una forma sutil del orgullo. ¿Cómo no haber personas agradables a Dios en el mundo, si sabemos que sin ellas ninguna ciudad podría pervivir? Esto nos lo demuestra la respuesta que Dios le dio a Abraham, cuando le dijo que, si hubiera diez justos en Sodoma, no destruiría la ciudad, cosa que sucedió solo después de que el Señor hizo que Lot y su familia partieran de aquel lugar.

Me preguntas qué hacer cuando te llenas de temor bajo el aspecto de un remordimiento, sin saberte culpable de ello. Si te has decidido a estar atento a ti mismo y a enmendarte en todo aspecto, te estás ocupando de algo que excede tu estado espiritual, (porque lo haces) pensando en no hallarte culpable en ningún aspecto. A esto te empuja ese sutil orgullo. Y esta es la razón por la cual no puedes librarte del desasosiego. Debes despreciar esos pensamientos, esforzándote en ver tus propios pecados y debilidades, como te he escrito antes. Cuando somos capaces de ver nuestra propia pobreza espiritual, esto nos fuerza a humillarnos, y la humildad nos tranquiliza. Ante Dios es más agradable un pecador humilde y contrito, que un justo orgulloso e impenitente. Esto es visible en aquellos que viven piadosamente y en paz, porque no pretenden alcanzar quién sabe qué alturas, sino que hacen de la simplicididad la guía de su vida. En tu caso, te esfuerzas en estar atento a ti mismo, pero no con humildad, y esta es la razón de los ataques del maligno, que te roban la paz y te llenan de intranquilidad.

No te sometas a tales pensamientos. ¡Recházalos! Si no lo haces, caerás fácilmente en el engaño. Es muy peligroso que a cada paso te llenes de dudas y ansiedad, aunque huyas de todo lo terrenal. Estamos ante un ardid del demonio, una guerra invisible en contra tuya, que te acecha y te arrebata la paz. San Pedro Damasceno dice que, cuando vemos nuestros pecados como la arena del mar, estamos ante el pricipio de la iluminación del alma y esto es una señal de su buena salud, que trae al alma humildad y al corazón sumisión, de los cuales brota la quietud».

(Traducido de: Sfântul Macarie de la Optina, Sfaturi pentru mireni, Editura Sophia, București, 2011, pp. 28-29)