Para llegar al Reino tenemos que luchar y vencer el mal que haya en nuestro interior
El hombre que alcanza la apatheia recibe como un “certificado” que le da derecho a entrar en el Reino de los Cielos.
Cuando cruzamos la frontera de un país, todos necesitamos un pasaporte. Del mismo modo, cuando logramos vencer nuestras pasiones, adquirimos un estado distinto, un ‘pasaporte’ para la vida eterna. Cada pasión es una enfermedad del alma, porque la envidia, la ira y la avaricia no pertenecen al cuerpo, sino al alma. Si procuramos sanar el cuerpo, con mayor razón es necesario sanar el alma enferma. Precisamente para poder librar esta lucha contra las pasiones es que existen los monasterios. Sin embargo, tampoco los laicos están exentos de esta lucha, si es que desean salvarse.
También en nuestra skete se libran grandes luchas. Nadie queda libre de sus pasiones de un día para otro. Hay uno que llega cargando con el orgullo, otro con la lujuria —si no del cuerpo, con la de los pensamientos—; un tercero es tan adusto que no puedes pasar a su lado sin sentir temor; un cuarto es avaro, tiembla por cada moneda que pierde, de modo que inevitablemente alguien termina preguntando: “¿Para qué vino este al monasterio?”. Un quinto no puede renunciar a la gula, siempre quiere comer. “¿Acaso no comiste hace poco en el refectorio?”, le dicen. “¿Y qué? Para mí fue insuficiente”, responde, y se despacha a gusto silenciosamente en su celda, tanto por la tarde como a medianoche, y así sucesivamente. Así son las cosas.
Estas personas reconocen por sí mismas sus pecados y se arrepienten de ellos, pero es justo reconocer que, al principio, enmendarse es un asunto que viene muy cuesta arriba. Los más experimentados en la vida espiritual los miran con comprensión: son principiantes, ¿qué se puede esperar de ellos? Pero pasan unos veinticinco años y vemos que el esfuerzo no fue en vano: el que comía mucho ahora es un gran practicante del ayuno, el lujurioso se ha vuelto casto; el orgulloso, humilde, etc.
En el mundo, pocos conocen estas luchas. A la pregunta: “¿cómo podemos salvarnos?”, la mayoría responde: “Tienes que orar a Dios por tu salvación, y si oras, te salvarás”. Y no van más allá de ese límite. Sin embargo, la oración por sí sola no puede salvar al hombre dominado por las pasiones.
El propósito —la única meta de nuestra vida— consiste en arrancar de raíz las pasiones y sustituirlas por las virtudes contrarias. Lo mejor es comenzar esta lucha de la siguiente manera: aunque todas las pasiones moran en nosotros, hay algunas que predominan más que otras. Tenemos que identificar cuál de ellas domina y armarnos contra ella. Es imposible combatir todas las pasiones al mismo tiempo: nos ahogarían. Una vez vencida una, pasamos a arrancar otra, y así sucesivamente.
El hombre que alcanza la apatheia recibe como un “certificado” que le da derecho a entrar en el Reino de los Cielos. Y allí llega a dialogar con los ángeles y los santos. En cambio, a quien no haya vencido sus pasiones le será imposible estar en el Paraíso, porque será retenido en las “peajes” etéreos.
(Traducido de: Filocalia de la Optina, traducere de Cristea Florentina, Editura Egumenița, Galați, 2009, pp. 76-77)
