¿Para qué esperar a mañana?
Las tentaciones abiertas, burdas y violentas despiertan en los cristianos un celo ardiente y valentía para soportarlas. Por eso el enemigo ha sustituido las tentaciones groseras por otras más sutiles, pero agudas y de efectos muy profundos.
Cuando al stárets Barsanufio se le encomendó elaborar una lista de los libros que podían leer los monjes de la skete, mientras la preparaba dijo en cierto momento: “Perdóneme, padre, por excluir su libro, pero no quiero que quienes han encontrado refugio en los monasterios de Rusia deseen, imprudentemente, marcharse al Monte Athos. Sin embargo, es un buen libro”. (Se refería a Cartas de un monje de Athos).
Si un monje permanece en una casa de laicos, termina siendo considerado un laico. El monje no debe pasar demasiado tiempo en el mundo. Tal como el pez no puede vivir fuera del agua, tampoco el monje, fuera del monasterio.
Los sufrimientos de los monjes de los últimos tiempos son más sutiles. A primera vista, ni siquiera parecen sufrimientos. En esto consiste la astucia maligna de nuestro enemigo, el demonio. Las tentaciones abiertas, burdas y violentas despiertan en los cristianos un celo ardiente y valentía para soportarlas. Por eso el enemigo ha sustituido las tentaciones groseras por otras más sutiles, pero agudas y de efectos muy profundos.
Estas no encienden el celo en el corazón ni impulsan al esfuerzo ascético; más bien mantienen el corazón en un estado de confusión y la mente en la incertidumbre. Agotan poco a poco las fuerzas espirituales del hombre, lo conducen al desaliento y a la negligencia, y terminan por matar el alma, convirtiéndola en morada de las pasiones.
Esto sucede porque los monjes de los últimos tiempos esperan circunstancias más favorables, diciendo: “Ayunaremos y oraremos cuando haya mejores condiciones para hacerlo”. Sin embargo, el Señor prometió perdonar los pecados a quien se arrepiente, pero nunca prometió que viviríamos hasta el día siguiente.
Por eso debemos esforzarnos por vivir conforme a los mandamientos de Dios en toda circunstancia, favorable o adversa; cumplir fielmente nuestros votos monásticos y recordar siempre estas palabras: “Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación” (II Corintios 6, 2).
(Traducido de: Starețul Nicon de la Optina, Editura Doxologia, Iași, 2011, p. 218)
