Palabras de espiritualidad

Pocos son los hombres con un juicio íntegro

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Son pocos los que pueden conocer con exactitud sus propias faltas, y solo aquellos cuya mente se mantiene cerca del recuerdo de Dios.

El alma que no se ha liberado de las preocupaciones terrenales no amará a Dios con pureza, ni sentirá hacia el maligno la repugnancia que este se merece; pues carga como un pesado velo la inquietud por la vida cotidiana. Por eso, la mente en tales condiciones no puede reconocer su propio juicio —su tribunal interior y su capacidad de discernimiento—, y así examinar por sí misma las decisiones que debe tomar; de ahí que, en todo, sea provechoso apartarse del mundo.

Son pocos los que pueden conocer con exactitud sus propias faltas, y solo aquellos cuya mente se mantiene cerca del recuerdo de Dios. Pues así como nuestros ojos físicos, cuando están sanos, pueden ver todo, incluso los mosquitos u otros pequeños insectos que vuelan en el aire, pero cuando están como nublados o llenos de secreción, aunque algo grande pase ante ellos lo perciben solo como una sombra, y si es algo pequeño no lo ven en absoluto; del mismo modo también el alma: si por medio de la oración llega a percibir la ceguera de la cual padece por su amor al mundo, entonces considerará sus faltas más pequeñas como si fueran muy grandes, y derramará lágrimas sin cesar, con abundante acción de gracias. “Porque los justos confesarán tu Nombre” (Salmo 139, 13).

Pero si permanece en las cosas mundanas, aun cuando cometa un homicidio u otra acción digna de castigo, la verá impasiblemente, sin aflicción; y si se tratara de cualquier otra falta, no solo no le concederá importancia alguna, sino que muchas veces llegará a considerarla como un logro o un acierto. Por eso, el que vive en la miseria del pecado no se avergonzará de defender sus faltas con ardor ni de gloriarse en ellas, sin sentir por ello remordimiento alguno.

(Traducido de: Everghetinosul, vol. 1-2, traducere de Ștefan Voronca, Editura Egumenița, Galați, 2009, p. 127)


 

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