Por qué debemos pedir perdón

 

En el paraíso no existían ni la oscuridad, ni las espinas, ni el frío, ni el hambre, pero debido al pecado del hombre primordial, todo estos infortunios vinieron sobre las aves y los animales, inocentes del pecado.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Las aves, los animales y las personas, están en la oscuridad; mas si yo me hago luz, los puedo sacar de esas sombras, consiguiendo que dejen de trastrabillar, de golpearse, de caer entre las zanjas. Pero si no me hago luz, si me quedo lejos, en la oscuridad —y, debido a que todo esto es mi culpa— debo pedir perdón, entonces, incluso a las aves. Ellas, junto a los otros animales, soportan el frío... pero cuando aparece un santo lleno del Espíritu Santo —tanto, que se llega a asemejarse a un sol— reciben con agradecimiento esa efusión de calor.

En el paraíso no existían ni la oscuridad, ni las espinas, ni el frío, ni el hambre, pero. debido al pecado del hombre primordial, todo estos infortunios vinieron sobre las aves y los animales, inocentes del pecado. He aquí, pues, cómo cada uno de nosotros es culpable frente a todos los demás y por qué debemos pedir perdón hasta a las aves. Y no sólo eso: debemos llenarnos de amor y del Espíritu Santo para poder propagar a nuestro alrededor la luz, el calor, la belleza y los frutos que hubo alguna vez en el cielo y que los santos repartieron con su vida de santidad.

(Traducido de: Arhimandrit Paulin Lecca, Adevăr și Pace, Tratat teologic, Editura Bizantină, București, 2003, pp. 248)

 

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