Palabras de espiritualidad

Por qué tenemos que abrirnos a la luz de Dios

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Mi alma corre en busca de la verdad, oh Hijo de la Verdad, pero su carrera no tiene fin, y ninguna palabra puede expresar su agotamiento.

Mi alma corre en busca de la verdad, oh Hijo de la Verdad, pero su carrera no tiene fin, y ninguna palabra puede expresar su agotamiento.

Sería mejor que estuvieras en paz, alma mía, y atrajeras la verdad hacia ti con la ayuda de tu paz. ¿Qué pensarías de alguien que dijera en plena medianoche: “No puedo soportar estar sin luz; tengo que correr hacia el sol para traer algunos de sus rayos”?

¿Por qué emprender una carrera de mil años, cuando la luz es infinitamente más veloz que tú y puede llegar a tu regazo en cuestión de segundos?

Ábrete a la luz, oh alma, y la luz entrará en ti.

Los muros que se interponen entre tú y la verdad, y que se levantan como colosales montañas que tú has intentado atravesar corriendo hasta quedar exhausto, son creación tuya, y son más frágiles que la blanca espuma del lago. En verdad, la existencia de esos muros depende de la manera en que los mires. Si no quisieras verlos, no existirían.

Una vez observé a un polluelo, en lo alto de una tabla, corriendo alrededor de un círculo que había sido dibujado con tiza blanca. Lo observé durante mucho tiempo, corriendo de un lado para otro y dudando en saltar más allá de aquella línea blanca, que él percibía como una criatura viva o como un muro elevado.

Así es también mi alma, me dije con tristeza, cuando cree que está privada de libertad, ya sea por unos gigantes poderosos o por unos muros aterradores. En realidad, entre su prisión y la libertad solo hay una línea imaginaria, más delgada que una brizna de paja.

(Traducido de: Sfântul Ierarh Nicolae Velimirovici, Rugăciuni pe malul lacului, Editura Anestis, 2006, pp. 119-120)

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