Palabras de espiritualidad

¿Qué es lo verdaderamente vetusto en el mundo actual?

  • Foto: Stefan Cojocariu

    Foto: Stefan Cojocariu

Dichoso el que comprende y vuelve de la mentira a la verdad; pero aún más dichoso es el que entiende todo esto sin necesidad de pasar por la trágica aventura de la apostasía del Padre celestial.

El cielo y la tierra pasarán, pero Mi palabra no pasará” (Mateo 24, 35).

Si la revelación de Dios es algo superado, ¿qué otra novedad hay, que pueda dar consuelo al hombre, que pueda salvarlo? ¿Y cuál es ese progreso humano contemporáneo que puede afirmar que la verdadera y eterna Palabra de Dios ha sido superada, y que ha ofrecido al hombre una posibilidad más alta y más esencial que la que nos ofrece el verdadero y eterno descanso y el amor de Dios?

Y finalmente, ¿qué progreso humano y qué sabiduría podrían siquiera rozar el misterio de la muerte y ofrecer la más mínima ayuda al hombre mortal, fuera de Dios, Quien asumió nuestra humanidad por amor a nosotros, fue crucificado y resucitó, y se hizo primicia de nuestra propia resurrección espiritual y corporal?

Pero estos pensamientos no se encuentran solamente en nuestra época actual. El enemigo de nuestra salvación desde siempre ha luchado y sigue luchando contra el hombre, susurrándole tales pensamientos de duda. Así es como vemos, en la Parábola del Hijo Pródigo, que el hijo menor es engañado por el maligno para creer que debe apartarse del amor “vetusto, superado” del Padre, llevándose consigo también su herencia, para poder así vivir y gozar de su vida como se le antoje y como él se la imagina.

Por herencia debemos entender aquí todos los dones espirituales con los que Dios ha dotado al hombre. El hijo pródigo consideró que, si los utilizaba como él quería y no con el fin para el cual se los había dado el Creador, se sentiría plenamente feliz.

Así pues, lejos de Dios, se deleita en la alegría de los placeres, del entretenimiento, de la riqueza y de la gloria de la vida que está ligada a este mundo pasajero, con toda su fantasía y su impresionante apariencia. Pero, ojo, que todo esto, con toda la variedad de matices que posee, nunca ha sido suficiente para satisfacer al hombre. Siempre lo deja hambriento y con una aterradora sensación de vacío. Con el trágico reconocimiento de que, por mucho que coma de esas viandas, no se saciará en absoluto.

Esos banquetes no le son de provecho a su organismo; solo lo atormentan y lo fatigan, dándole un alimento sin sustancia, sin contener nada de aquello que le da fuerza para la vida. Así permanece solo y sin ayuda, con una única compañera: el sabor de la muerte que siente crecer cada día en su interior.

En ese estado desesperado al que lo condujo el desprecio de la voluntad de Dios, el hijo pródigo se acordó del Padre y de la verdadera oportunidad que Él ofrece a sus siervos. Recordó cómo los siervos de Dios —es decir, aquellos que obedecen Su santa, única y salvadora voluntad, que constituye el camino verdadero y recto hacia la plenitud y la alegría— reciben con tanta abundancia y viven tan intensamente los bienes celestiales que les concede su Creador, que se consideran pequeños e incapaces de conservar y disfrutar la Gracia abundante y rica ofrecida por Dios.

La primera túnica, el anillo, las sandalias, el ternero rollizo, el banquete alegre con la atmósfera festiva de la música y las danzas son imagen de los carismas infinitos que Dios concede a sus siervos y de la alegría inefable y el gozo con que los colma.

Así, el hijo pródigo, mediante su arrepentimiento y su retorno, pasó de la muerte que produce el uso pecaminoso de los dones de Dios, a una vida nueva, que nace del regreso al amor de Dios. El Señor nos muestra, con esta parábola, qué es lo pasajero, lo superado y carente de valor, y cuál es el verdadero progreso y la auténtica evolución; qué es verdaderamente actual y verdaderamente progresista, y qué es lo que ha quedado vetusto y atrasado.

Dichoso el que comprende y vuelve de la mentira a la verdad; pero aún más dichoso es el que entiende todo esto sin necesidad de pasar por la trágica aventura de la apostasía del Padre celestial.

(Traducido de: Arhimandritul Tihon, Tărâmul celor vii, Sfânta Mănăstire Stavronichita, Sfântul Munte, 1995)


 

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