¿Se pueden contagiar las pasiones?

 

Es necesario que en esta vida sintamos a Cristo. Quien no lo vea aquí, tampoco lo verá en la vida eterna.

Es difícil alcanzar la salvación, cuando vives en una sociedad corrupta. En la Biblia encontramos: “Con el piadoso eres piadoso, intachable con el hombre sin tacha; con el puro eres puro, con el ladino, sagaz” (Salmos 17, 28–29). Las pasiones actúan perniciosamente, tanto sobre el alma como sobre el cuerpo. Cuando ya tenía algunos años en el monasterio, examinando los textos de los Santos Padres, leí por primera vez que las pasiones pueden ser contagiosas, como las enfermedades del cuerpo. Cuando San Espiridón, obispo de Tremitunte, iba de camino para asistir al Primer Concilio Ecuménico, tuvo que alojarse en un hostal. En un momento dado, el monje que le acompañaba entró en la habitación del santo y le dijo: “Padre, no entiendo por qué nuestro caballo no quiere comer”. San Espiridón le respondió: “El animal siente un insoportable olor a coles, provocado por el hecho de que nuestro anfitrión ha sido contagiado de la pasión de la avaricia”.

El hombre que no ha sido santificado por el Espíritu Santo es incapaz de observar esto, pero los santos tienen el don divino de constatar las pasiones. Del padecimiento del pecador se pueden contagiar los demás que le rodean. La misma naturaleza nos ofrece muchas enseñanzas. Todos conocemos la flor comúnmente llamada “girasol”. Bien, esta dirige siempre su inflorescencia al sol, buscándo. De ahí su nombre. Pero también puede suceder que el girasol le dé la espalda al sol, cosa que los conocedores explican así: “La planta ha empezado a estropearse, seguramente está enferma, con gusanos... lo único que queda por hacer es cortarla”. El alma, sedienta de la justicia de Dios, al igual que el girasol, se dirige y busca a Dios-Fuente de la Luz. Sin embargo, si deja de buscarlo, morirá. Es necesario que en esta vida sintamos a Cristo. Quien no lo vea aquí, tampoco lo verá en la vida eterna.

(Traducido de: Patericul de la Optina, traducere de Cristea Florentina, Editura Egumenița, Galați, 2012, pp. 382-383)