“Si desaparecen las tentaciones, ya nadie podrá salvarse”

 

La lucha contra las tentaciones nos demuestra, como el fuego, de qué está hecho cada uno de nosotros: madera, cobre, paja, brizna, tierra o ceniza.

Los Santos Apóstoles —quienes, a pesar de vivir en el mundo, no le pertenecían, y por su amor al Señor alcanzaron la santidad— recibieron este anuncio, que Cristo le dirigió a Pedro: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder cribaros como el trigo, pero Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe” (Lucas 22, 31-32). Por medio de estas palabras podemos entender cómo Dios permite que, en esta vida, seamos parte de esa lucha invisible entre el alma y el demonio. Él tiene Sus leyes, mismas que debemos cumplir a plenitud, para que al final Dios pueda santificar nuestra victoria, para que no perdamos el tiempo, la salvación y la humildad. Porque dicen los Santos Padres: “Si desaparecen las tentaciones, ya nadie podrá salvarse”.

La lucha contra las tentaciones nos demuestra, como el fuego, de qué está hecho cada uno de nosotros: madera, cobre, paja, brizna, tierra o ceniza.

La lucha espiritual se asemeja, de algún modo, a las guerras de este mundo. Tanto la primera como las segundas nos alejan, nos separan del mundo, de esta vida. Solamente que las tentaciones, las tribulaciones y toda clase de pruebas de la lucha invisible, tienen como objetivo quitarnos el gusto de este mundo y llevarnos a una forma de muerte ante él, que es la humildad más perfecta y la condición esencial de la oración incesante.

(Traducido de: Părintele Arsenie BocaLupta duhovnicească cu lumea, trupul și diavolul, ediție revizuită, Editura Agaton, Făgăraș, 2009, pp. 41-42)